04 mayo, 2007

Fragmentos: Pisadas.

La pisada es rotunda. Quizás lo hayas sentido también tú: el dilema de la causa y el efecto trasluciéndose en una pisada que separa la tierra. Es la tierra asustada ante mi presencia, que se esfuma, o la pisada firme obedeciendo a las leyes más antiguas y más nuevas. Las leyes son del hombre. Y lo son porque son palabra incompleta y por tanto son humanas. El infierno. Es la pisada de que te hablo la primera que hago desde que dejé de estar vivo, y por ello es pisada distinta de las leyes del hombre, por eso he comenzado a cuestionar si tantas palabras no ofuscaron nuestro sentido. Es el infierno el lugar que piso, y por debajo mi pisada aplasta de los cráneos el grito. La pisada. Si lo consultas lentamente, todo lo que hacemos los hombres es dejar huella, es decir, abandonar el acto firme de pisar. Pues cuando la planta afianza el territorio lo desafía, hace frente a la inmovilidad de las cosas que suceden porque el mundo es así; imponer las plantas en el camino supone el acto mismo de la decisión que se ha convertido en acto: pienso, luego existo, y luego me planto, tal como lo haría el más alto árbol. Las huellas son sólo un recordatorio fúnebre de la decisión, un haber dejado atrás, un olvido en el tiempo de la lluvia que escurre los recuerdos marchitándolos; en la humedad del tiempo la huella vuélvese piscina: una inundación en el recuerdo, sólo ahí, en el momento de la humedad absoluta, somos verdaderamente conscientes de si, en realidad, nuestra pisada fue honda o mero ensayo, superficial hendidura del yo que somos en la historia o ruptura absoluta, sórdido terremoto. Así, cuando cesa la lluvia del amplio recuerdo, del llanto o la alegría extrema por saber que fuimos pisada, el tiempo se encarga de suavizarnos: la huella se vuelve campo y sólo cuando fuimos firmes escindimos el camino, lo enderezamos o desviamos, mas fuimos, de una forma u otra, un será que ya nadie nos podrá arrancar. La pisada en el infierno. Ahí se terminan las huellas, ahí el fuego lo consume todo, se produce la imposibilidad de la memoria y de la decisión su hondura. La pisada es huella, más la huella ha de desaparecer cuando el infierno nos toca.
Ahora hablo como vacío interminable, como narrativa insensata y carente de fondo. Ahora hablo como quien espera encontrar en sus palabras un camino, un suspiro, un a dónde, la libertad luego del peaje.

“El infierno o la segunda muerte […] es ahora el encerrarse voluntariamente en sí mismo”. J.R.

02 mayo, 2007

Correspondencia conmigo: ¿Dónde estás, sabiduría?

El lenguaje, las palabras, los sonidos hoy deben arrastrarse lento, cadenciosos, simples; no más metáforas dentro de una metáfora que es mi vida, no deben ser sino palabras: sucesiones alegóricas de letras significadas y significantes: interminable colección de trazos rectos y curvilíneos que arrojan a la mente las pistas para descifrar un código, secreto a voces, que sólo unos comparten. Palabras formando enunciados: carreras concatenadas de suspiros que imprimen un –sólo uno– sello en el alma; enunciados en frases: perfecta armonía cíclica y circular entre cadencias, tonos y sonidos a veces callados, libertad de ideas apenas limitada, entrecerrada como párpados de frente al sol veraniego; frases en párrafos; párrafos en tratados; tratados que son ya sabiduría, ya charlatanería, formando, en último caso, pirámides de trazos –rectos y curvilíneos– letras como cascada de imágenes atómicas, enunciados que hablan secretos a voces, frases que dicen algo y no lo dicen, pues pirámide es, construida sobre la imbecilidad, la necedad o, incluso, la maldad.

Digo y me repito a millares de sucesiones por minuto que basta ya de tanta habladuría, que sólo un lenguaje claro como manantial de diciembre será capaz de expresar el dolor que mi alma cruza y encontrar la respuesta que mi alma busca. Minutos, enjambre encarcelado entre el tiempo y el espacio, minutos aquí o allá, delante o detrás. Sólo copulando ambas ideas, la del espacio y del tiempo, será posible entender el minuto en que un pétalo de rosa muere y se desprende de la sutil liga que lo aferraba contra la flor fantástica de sueños de princesas. Minutos de tierra y de arena, reposando al tueste del mediodía, volando tras la ventisca de un huracán, volviendo a reposar, como siempre, sin nada decir, nada tocar, nada escuchar. La vida, entonces, se convierte en una balsa en la marea repentina de los minutos, que son sólo conglomerados de segundos y partículas de hora; la balsa de nuestros días corre y vuela de repente, cerrados los ojos evitando que el polvo cristalino de minutos se cuele por nuestros ojos e, inevitablemente, nos haga sollozar; en otros momentos yace nuestra balsa en la playa del sosiego, ni un ápice se mueve para no invertir tendencia tan ansiada cuando en vilo nos aferrábamos al huracán del tiempo. En fin, minutos todo, como todo se convierte en espacio y en tiempo, dos cerberos que custodian las puertas de la lucidez, arrancándole los ojos y los labios a todo aquel que deje de pensar sobre el tiempo y el espacio, con ellos, dentro de ellos, para ellos. A estos valientes que se han atrevido a desafiar al par de buitres –¿o dragones?– de la lucidez, el mundo ha gustado en llamar locos.

Buscando sin encontrar el sendero correcto, mirando la interminable visión de tantos caminos que conducen a ningún lado, ensombreciendo y empequeñeciendo aquéllos que, como cisnes peregrinos, poseen la certeza del final del recorrido. Los cisnes, ¿que no ya mucho se hablado de ellos?, en fin, no hablaré de tan magníficas bestias. Pero sí lo haré de los caminos, retorcidos y laberínticos caminos, que nos dan la idea de un sendero que se camina, siguiendo los pasos de aquellos más ilustres o más estúpidos, o bien, quizás, haciendo, como se ha cantado, camino al andar. Caminos deformes que achatan la vida, polarizan sentimientos y virtudes, pero caminos al fin. Como madrigueras nocturnas se desdibujan en la niebla, viniendo y alejándose, dejando a su paso a roedores que confunden y traspasan la natural habilidad del campeón, así la vida del hombre viene y va, tropezando a cada momento con roedores, comiendo entre fango y mugre la misma mierda con que tales alimañas se complacen por las noches, cuando sólo los demonios se atreven.

Los demonios. ¡Ahí está la clave!, en esos seres deformes de anchas fauces y retorcidas garras, que asaltan por las noches las almas tímidas e incoloras, que nos persiguen como larvas, nos acechan cual felinos, nos engullen a modo de sanguijuelas con la lentitud propia de los más hábiles cazadores, el deleite de una presa entre las fauces, la sangre que mana entre los ríspidos colmillos, sangre que endulza la maldad, enamora los sentidos del perverso, embriaga y conduce al orgasmo a las más pervertidas mentes. Eso es un demonio, y un demonio es miedo, porque, ¿quién en la tierra, aparte de mí, creería en ellos? El miedo se cuela y hace sombra en las penas, amarguras y deleites de los bípedos que, siguiendo a su natural estupidez, abren camino, preparan la mansión de lujos eternos, el alma, y dan cordial bienvenida a los magos del miedo, los demonios, que en monástica procesión se entronizan en el alma.

Quizás -¡sólo quizás!– lo que tengo es miedo: miedo de minutos que se convierten en demonios y succionan voraces la soledad de mi piel. Antes que tú te fueras no existía nada similar a un demonio corriendo por los patios, alamedas y rotondas de mi conciencia, pero ahora, ¡Dios mío, ahora!, las penas que encumbran en mi vientre no dejan a mi alma en paz. La sabiduría de una hoja del árbol más sencillo, de la gota de rocío que cae próxima a mi ventana, sin rozarla; el pestañeo del ser más vil, más pequeño, han muerto; la sabiduría ha muerto en mí, en los nubarrones que borraron del cielo tu mirada, en el elixir venenoso que he tomado creyendo estar soñando, en mis venas que se cierran y me asfixian y entumen, prohibiéndome besar con arrepentimiento la imagen que aún hoy descansa en mi habitación. Quizá es miedo a que los minutos dejen mi piel flácida mientras el amor, ese etéreo y complicado sentir entre dos –o entre uno, me gusta pensar– pase de largo mi ventana, se olvide de que existo y que lo extraño. Extraño aquella extraña materialización del amor que se llamaba tú, que siempre y cuando fueras tú significaba minutos apacibles postrados en el tostar de un mediodía. Hoy el tiempo y el espacio entraron en revolución: uno, alargando los momentos de letargo y desesperación; el otro, reduciendo al infinito el lugar donde mora mi corazón, cerrando las paredes con claustrofóbica diversión. Así, mi tiempo se expande y mi espacio se cierra… a eso llamo yo demonio, miedo, en fin aquella soledad que nunca pensé encontrar.

Busco tu boca hoy y me encuentro salivando el áspero de una roca, pregunto por tu piel y lo único que encuentro es un frío que me estremece. Te has ido, quizá para siempre, sin saber, nunca saber, que mi único miedo –hoy lo comprendo– es haberte dejado ir, sabiendo, sufriendo por entender que nunca regresarás a mí, aun cuando mi piel te reclame, mi corazón te añore y mis letras y palabras no dejen de conducirme a ti.

18 abril, 2007

El Burdel informa

Calma admiradoras mías, hoy no hay nuevas creaciones para ustedes (¡ja!). Esta entrada es para informales del nuevo virtuality-chow-mágico-musical-literario CAZA DE LETRAS.

Aquí una pequeña reseña:

Caza de Letras es un concurso literario en línea que se realizará del 11 de mayo al 6 de julio de 2007, en un formato similar a los reality shows televisivos, adaptado al lenguaje de Internet. El ganador recibirá 50,000.00 (CINCUENTA MIL PESOS 00/100, M.N.). Podrán participar escritores de 20 a 35 años, mexicanos o extranjeros residentes en México. Un comité dictaminador seleccionará a 12 escritores que convivirán durante 8 semanas a través de blogs integrados a este portal y trabajarán en línea con tres escritores anfitriones quienes, a manera de taller, les plantearán retos de escritura en distintos géneros literarios. El jurado estará conformado por estos anfitriones, que deberán nominar semanalmente a dos o más huéspedes, según el desempeño de cada uno, para salir del concurso. Con la misma periodicidad, uno o más de estos nominados será expulsado con base en la decisión del jurado y los votos de los lectores. El público tendrá así un papel importante en este concurso: podrá comentar a cada huésped su trabajo y podrá votar a favor de su concursante favorito e influir en el resultado de las eliminatorias.

Las inscripciones al concurso se han cerrado y por ahora un jurado para la primera etapa del concurso selecciona a los doce escritores que participarán en este virtuality.

Otro jurado, para la segunda etapa del concurso, es el que trabajará con los escritores seleccionados con el fin de designar a un ganador y estará integrado por Alberto Chimal, Álvaro Enrigue y Mónica Lavín.

Así que sin otra cosa que comentar, invito a los lectores y creadores del Burdel a seguir de cerca este concurso que seguramente será interesantísimo y a participar con sus comentarios en la página del concurso así como en los blogs de los concursantes. Próximamente daré los vínculos a estas páginas.

Por último, creo que este virtuality, además de ser interesante por la calidad de el jurado que coordinará el concurso y por el talento que seguramente tendrán los escritores participantes, sólo puede ser un éxito con el seguimiento y participación de los lectores vía sus comentarios y opiniones.

En fin, visiten los links que he puesto en esta entrada y estén pendientes de futura información.

Este fue Vicente Navarro para el Burdel News... mmmm... ¿regresamos al estudio? ¿No? Bueno ya me voy.

16 marzo, 2007

Algunas preguntas respecto de la libertad.



Si… los tiempos modernos exigen al pensamiento eliminar concepciones metafísicas y abstracciones como “el hombre” y “el ser”.

Si… la construcción de la personalidad y la realización humanas parten del reconocimiento en el individuo de la necesidad de una auto-definición en los propios términos, es decir, la salida al encuentro de mi camino, mi forma de ser hombre en el mundo.


* * *

Desnudo y entre flores de campo quedó recostado el vientre blanco mío que respiraba con tonalidades de primavera. Los dientes y labios habían hecho un plan para delinear la sonrisa más bella y deliciosa. Las flores, cuando te rozan discretamente, producen sentidos tan disímiles como excitantes: una cadena de caricias animadas por el viento y enloquecidas en un centro neurálgico perfecto, agudo. Me he llamado yo y descanso en el pensamiento de un océano eterno: yo soy la magia mía, yo soy el que, recostado en la silente majestuosidad del jardín, pienso. “Je pense”. El ejercicio de verte desnudo, ese espejo en el que un “adentro” es inspeccionado desde un “afuera” que es, a su vez, ventana y puente de salida, electriza aún más el cuadro en el que me estoy pintando desnudo mientras las flores me rozan por el sigiloso viento que las empuja contra mi piel, desnuda, que las recibe como tormenta de sensaciones en cadena. El eco de mis sentimientos se vuelve el centro de la experiencia: ya no soy sólo yo quien recurre a ser centro, sino la naturaleza toda la hace su centro en mí, se instrumentaliza esclava y sierva de la sensación. ¿Lo notas?, el ombligo del mundo estuvo siempre tan cerca y jamás lo vi. En cada corazón se forma un núcleo que encierra para sí todo su alrededor, y todos bailan al ritmo de mi respiración, y hasta los otros que me miran son no más que actores en la puesta teatral que lleva mi nombre, de la cual soy director. En mi respiración desnuda sobre flores que me besaban con el correr del viento se ha anidado el centro del mundo: ya muerto Dios, la tierra o el hombre, soy por fin libre de emprender la carrera mía, la propia elucubración de la materia única que me compete: mi personalidad, mi vida, la posesión magnífica con que fui dotado y plenipotenciado.


* * *


La reflexión es simple… ¿qué es lo que definimos?, una vez que los horizontes de significación, es decir, aquéllos contextos sobre los cuales las evaluaciones de uno mismo toman relevancia, han desaparecido, ¿qué importa lo que decidamos? En este mundo que tanto defiende la libertad como bien supremo, ¿cuál es el valor de una elección, si cualquier cosa que decidamos tiene el mismo no-valor? Se me podrá decir que la libertad tiene un valor en sí, cosa que habrá que admitir, pero, aparte de este (¿pseudos?) valor, ¿existe un valor en las decisiones que tomamos?

Resumamos: los tiempos modernos no reconocen argumentos metafísicos, es decir, todos los horizontes de significación que argumentan el bien y el mal a partir de fuerzas trascendentales, fuera del mundo, deben ser por definición eliminados. Pero entonces, ¿de dónde surgió esta idea moderna?, ¿alguien puede negar que la afirmación del hombre autónomo y cuya conciencia es auto-regulada es eminentemente metafísica?, ¿cuáles son los argumentos racional-instrumentales para afirmar que el hombre es eso que se dice de él? Si partimos de un momento metafísico, ¿cómo negar la posibilidad de la metafísica?, ¿no es de ella misma de donde el entramado liberal o libertario crea sus significaciones? Si vamos más allá, notaremos que el liberalismo define al hombre como la no-definición, es decir, como aquél a quien nada externo (pre) define al sujeto. Ahora, si esto es cierto y nos encontramos en la contemplación del sujeto “vacío”… (como dijera un querido filósofo), ¿no es esta visión más metafísica que todas las demás?, ¿cómo se intuye o se racionaliza a este sujeto?

Más allá: suponiendo la posibilidad de hablar sin metafísica, la posibilidad de un hombre que se auto-define de acuerdo a sus propios criterios (¿en verdad todos los hombres tienen sus criterios?), caemos en la primera pregunta, ¿por qué es tan importante algo tan efímero y errático?, ¿no será que, en última instancia, ha sido imposible retirar la metafísica de las vidas de las personas y que, aun libremente, el valor de sus decisiones procede de criterios ultra racionales?
* * *

Nota. La reflexión que presento toma prestadas ideas de varios filósofos. No es mi pretensión presentarlas como mías. Desde autores como Rene Descartes e Immanuel Kant, hasta Charles Taylor, Martin Haidegger, Friedrich Nietzsche, Alan Haworth, Isaiah Berlin, han desarrollado estas ideas en toda su extensión. en particular, tomé ideas del texto doctoral de Eric Herrán. Aquí sólo pretendo plantear una pregunta.

14 marzo, 2007

Santa negra*


tambores hierven paralizándome su eco
tumm tumm / tambaleándose el silencio
rugidos de pantera y de gallina el verso
boom boom / bamboleándose su cuerpo

dama negra de la noche envuelta,
rostro marcado y con serpiente el yelmo
--- boca ancha, fuerte el ceño
ojos brunos y en la muerte el rezo

boom boom
-----hechicera de los falsos muertos
boom boom
-----erupción de vísceras tu anhelo

danzas apropiándote mis huesos, me miras…
---estancas en suspiro la sangre impía
---te sacudes burlándome la vida
castigas, negra, con agujas de carne viva

boom / acercándose tus manos
tumm / desnudo ya el regazo
boom / arañándome los brazos
tumm / de tu voluntad esclavo

¡anda, bruja, deja ya tu vil encanto!
boom boom / tregua a tus caderas y paz al sucio llanto
¡vamos, negra, sal del fuego y hazme santo!
boom boom / acepta el fruto de cuchillo y canto

tum / el sinsentido entre mis manos
boom / presente vivo que te traigo
tum / sangre y río el contrabajo
boom / de locura el corazón humano


Leo Cerezo



13 marzo, 2007

Cuarto Sendero

El Hombre del cabello rojizo


Lo conocí en una habitación oscura. Su espalda impedía ver el trabajo al que se dedicaba pero la ventana abierta frente a él arrojaba a mis ojos el universo. Sentado en un banco y con un caballete frente a él, los tonos ocres, rojos y naranjas del paisaje rogaban por incrustarse en su pincel. A sus costados se apilaban docenas de tubos gastados, pinceles rotos, lienzos inconclusos, manchas de óleo en el piso, un par de vasijas y un plato desgastado que con un poco de imaginación y aseo pudo haber albergado, alguna vez, algo comestible. Ignoro el tiempo transcurrido entre mi llegada y el momento en que me deslicé hacia las sombras del pasillo, sin embargo para entonces los tonos encendidos de la tarde habían dado paso a los azules y grisáceos de la noche. Caminé despacio hacía la habitación al fondo del pasillo donde había depositado mis anhelos y en cuya cama había desparramado la pasión y mis sueños. Me tendí emocionado sobre ellos y pasé la noche navegando entre sus versos. Era una noche mágica. Una noche que hubiera envidiado aquel sultán de tierras árabes y cuya interpretación sin duda sería un reto para cierto médico austriaco que por aquellos días soñaba aún con descifrar los sueños. Envuelto en las alas de la noche volé hasta el mismísimo corazón del Escorpión y cabalgué sobre Pegaso para liberar doncellas de sus cadenas; observé las luces del primer infierno y a Virgilio guiando a Dante entre sus filas; presencié la fragua de la tabla donde se deletreaba con toda precisión el nombre perdido de Dios y emprendí un largo paseo por el jardín de senderos de bifurcaciones infinitas. Al abrir los ojos, o cerrarlos, estaba en aquella cama. Mis emociones, antes dobladas en una esquina, se esparcían desparramadas por el cuarto y la vela de la razón, que había colocado a mi costado, yacía apagada y sin consumir entre las sábanas de sueños. Apenas reuní la duda suficiente, me levanté y salí de ahí. Por dentro era una casa vieja, una de esas casas que destilan historia entre sus tablas y que albergan en su techo la constelación del Tiempo. Tenía además la virtud de acompañar con sus crujidos a quien la habita y de retener en sus paredes la personalidad de sus visitas. Yo era una visita, un accidente en el transcurrir ilógico de aquel lugar. Mi presencia ahí era tan importante como inoportuna. Los días en ella transcurrían entre el culto a la imaginación, la sinrazón de los sentidos, el diálogo con las letras, la inocuidad del tiempo y la creación del Universo en lienzos.

Para entonces había descubierto que sus verdaderos habitantes, el hombre de cabello rojizo y el joven del sombrero de ala ancha, eran también visitas itinerantes entre esos muros. Su morada original estaba en los caminos, puentes y plazas de la villa, a donde acudían con prontitud al clarear el alba y de donde se despedían al caer las estrellas. Partían siempre con un caballete a cuestas y sus instrumentos afilados. Por las miradas ocasionales entre sus cuartos abiertos supe que aquellos hombres eran también demiurgos de un mundo nuevo, o quizá los encargados de dar una nueva cara al mundo estancado en la pretensión medida y simétrica de la perfección. El joven del sombrero dedicaba buena parte de su tiempo a infundir vida al camino de los muertos; el hombre de cabello rojizo se especializaba en secuestrar momentos, cosas y lugares que tras algunos días, a veces horas, acababan por adoptar plácidamente las dimensiones de la jaula donde los plasmaba. Para entonces ya sabía que algo especial había en él… ése hombre no utilizaba óleos en sus trazos, cada pincelada llevaba como esencia una mezcla entre la ambrosia que convierte lacayos en dioses y el soma de los Alfas de Huxley.

Fue en una noche de Diciembre cuando, al caminar frente a la puerta abierta de su habitación, el último resquicio de mi realidad se derrumbó. Una vieja cama de madera con sábanas rojas y acomodada junto a la pared, junto a unos cuantos cuadros y una pequeña mesa resguardada por un par de sillas maltrechas, servían de testigos de la creación de un mito inalcanzable en las estrellas. Aquella noche fría se iluminaba bajo los trazos esquizofrénicos y explosivos de ese hombre que transformaba un simple lienzo blanco en una maravilla indescriptible. A cada pincelada iba dejando una parte de sí mismo. Parecía inyectar su vida en los colores y hacer sufrir su razón al avance de la noche, y la mía con él. En algún momento donde lo único que parecía atarme a la humanidad era mi existencia misma, lo comprendí… ése hombre no estaba capturando una noche, estaba creando las estrellas que un griego milenario, mirando al cielo, había imaginado y asociado con el mito de la doncella encadenada. El cuadro era dominado por tonos azules y amarillos donde las estrellas parecían explosiones, como de las que se deriva el mundo mismo, y las nubes asemejaban nebulosas infinitas. Un ciprés del lado izquierdo remitía un poco de irrealidad al cuento y los techos de las casas de la villa recordaban la relación epistemológica entre el creador y sus caprichos. Un trueno de orígenes olímpicos sacudió la noche y sus sinsentidos. Fue entonces cuando su pincel cayó al suelo y volteando hacia el marco de la puerta me miró. En ese instante su vida pasó ante mis ojos. Su origen austero y la lápida de un hermano muerto con su nombre; su vocación con los mineros y su frustración por el rechazo de quienes respetaba; sus amores con una prostituta y la huída para refugiarse en los brazos de su hermano; lo supe todo. En un segundo el hombre había vuelto al génesis de las estrellas; sin embargo ese instante, congelado eternamente en mis recuerdos, fue suficiente para percatarme de la presencia de una banda en su cabeza. Parecía tener una herida — quizá producto de la cruenta batalla con su obra— pero al inspeccionarlo más de cerca, pude ver que en esa banda se descubría la Vía Láctea atada a su cabeza. Su orbita parecía parafrasear una presuntuosa circunferencia rodeándole el rostro del cielo a los infiernos, su presencia se deleitaba escondiendo algo misterioso y seductoramente indescifrable…

A la mañana siguiente reuní mis cosas y resolví partir. Cuando pasé frente a su habitación él ya no estaba, tan sólo permanecía su obra terminada. Entré y me perdí en la contemplación de la noche engendrada. Tras algunos momentos, que bien podrían haber sido años, la tranquilidad que me embargaba se convirtió en un impulso irrefrenable. Mi mano se arrojó impetuosa hacia adelante. Se acercaba al infinito con vida propia, cada vez más cerca, más, hasta que en una explosión final, sumergiendo la mitad de mi brazo en aquella realidad etérea, tomé una de sus estrellas. Todo estaba terminado. Un fuego recorrió mis venas. La línea entre realidad y fantasía estaba rota. Coloqué aquel trozo de creación materializada bajo mi brazo, dí media vuelta y, abriendo las alas al viento, partí.

06 marzo, 2007

7 (Último)

La tierra se viste con tu cabello
que pinta de ocre y castaño el otoño,
que da color de atardecer eterno
a este instante en que tu pelo se esparce
y se enreda sin tiempo entre mis dedos,
y la tierra y el viento y la arena de
los desiertos viven para tu pelo,
del que toman color y movimiento

existes en mi pecho que te canta
en el lenguaje de un latido leve:
ritmo sereno y lento de cigarra,
que suena intermitente en notas que caen
sobre el silencio de tus piernas calmas

y envuelto en tus humores y en tu aliento,
que viven silentes en mi recuerdo,
un sueño comienza a rozarme apenas:
tus dedos se mueven sobre mi cara
tocando y recorriendo apenas nada,
juegan con mi nariz y con mi barba,
se meten en mi boca como agua,
tu mirada despierta me libera
del letargo de estas horas cansadas,
y tomas mis besos entre tus manos
y con ellos cubres tu piel de invierno,
tus piernas aprisionan mi deseo
y mis ojos llueven sobre tu cuerpo.

Pero pequeñas muertes me persiguen:
despierto sin tu beso y sin tu aliento
y siempre, siempre siento que estoy muerto,
sin tu piel sosegando mis deseos.

Pero vuelve la noche, como versos
que regresan, como el vivo recuerdo
de tu ojos de mar, tu vientre de uva,
y no hace falta más estar despierto
porque vuelvo a tu boca para beber
la vida que regalas en palabras:
en cada letra con que hilas mi nombre.

Oda al fracaso (por Abracadabra)

Antes me sentía cuenta cuentos, contaba historias. De pronto tenía esta intención de crear realidades alternas, diferentes, escenarios que sólo cabían en la imaginación de un juglar. Entonces me sentí músico y cuenta cuentos, así que muté en trovador, escribí canciones, trataba de crear armonía entre tonadas y versos, trataba de decir cosas que necesitarán el calor de las notas de mi guitarra, y trataba también de encontrar las notas adecuadas para arropar mis palabras, trataba de hacer poesía. Y fue entonces cuando me sentí poeta. Escribí entonces poemas.

Después de todo, nunca sirvieron mis palabras para que vivieran mujeres y hombres que hicieran fuego, construyeran casas, comieran pan, se repartieran la luz, y en el amor, unieran relámpago y anillo. Apenas alcanzaban mis palabras para tratar de elaborar un sencillo retrato de mi mismo. Me di cuenta que mis cuentos sólo eran la llana descripción de la realidad que siempre he habitado, que mis canciones no eran sino los deseos de un equilibrio desencontrado, que mi poesía sólo era la pretensión de reinventarme.

Así que dejé de contar historias, dejé de escribir canciones, dejé de hacer mi poesía. Y aquél que ya no hacía cuentos ni canciones ni poesía se dedicó a hacer historia, a cantar canciones, a vivir poesía. Y así fue, más o menos, que decidí estudiar Ciencia Política, que me abandoné a la trova, que me arrojé a convertir mi vida en una gran poesía.

Resulta que la realidad me enseñó que la Ciencia Política no era sólo un instrumento sino también un fin. Vino la vida y me dejó una lección: la trova no es la canción inteligente sino una manera más de cantar. Y vino la salada vida y me instaló el tenso debate entre lo deseable y lo posible, entre lo infinito y lo visible ¿Si haremos historia qué historia?

En fin, las carreteras ya tenían principio y fin. El arrojo tenía sus límites. Al deseo lo acorralaban cercas, alambradas. Y así, sólo me fue quedando el alambique. Era poético, era histórico, hacía poemas, hacía canciones, hacía historias, inventaba cuentos.

Entonces me di cuenta que algo había quedado de mí aún sin todo eso que había habido. Quedaba el que encontró en los cuentos su vida, el que halló en las canciones sus sueños, sus recuerdos, el que buscó en la poesía su existencia, en la belleza su esencia, en las palabras su historia.

Y llegó Mónica.

Y ser yo ya no fue tan difícil: se me desengrasaron los ejes de la carreta. Se soltaron las alas, se acercó el cielo y el mar se quedó quieto. Y al compás de las viejas canciones, de las olvidadas poesías, de las autobiográficas historias, el mar se agitó, el cielo tronó, la tierra se abrió, las venas se hincharon, la piel se tensó, el corazón vapuleó mi pecho. Y el amor se quedó.

Y ser yo ahora es incluso fácil. Ya no invento historias, ya no me describo con cuentos que intentan ser de otro planeta, ya no escribo canciones, ya jamás hago poesía. Pero ahora soy historia, soy poesía, soy canción, soy un cuento de otro planeta.

Y ahora ser yo teniéndola lejos es más difícil. Ahora me enfrento a lo que de pronto no veía. Pero ser yo también es más fácil. Porque la veo en las veredas que debo tomar, porque me alumbra en la noche, me llena de paz, me enciende la vida.

Ahora, incluso lejos -aunque no tanto- me siento satisfecho porque soy un hombre que con una mujer hacemos fuego, construimos casas, comemos pan, nos repartimos la luz, y en el amor, unimos relámpago y anillo.

Y estoy satisfecho de retomar a Neruda para pedir que perdonen, señores, que interrumpa este cuento que les estoy contando y me vaya a vivir para siempre con la gente sencilla.

28 febrero, 2007

Correspondencia Conmigo: La Marea de Tu Voz

Algo suena, ensueño o disipación arqueada entre las líneas de un libro en que mis ojos se hunden. Sonido que retumba en el exterior de las páginas cautivadoras que se mezclan en mi razón lectora. Sonido, escuchar: despertar del sueño fantástico que se construye un mundo de letras ajenas, historia en que personas jamás vistas toman juego en lo intrincado de la mente. Sonido, fonética experiencia frenética y febril, aguijón sensorial y estruendo intermitente igual a un cadencioso baile en decimonónico palacio: pisadas acompañadas y dejadas al ir y venir del enamoramiento que se produce entre los espasmos arrítmicos y los artísticos silencios; brazos y cuerpos que se juntan poco a poco y de vez en cuando, rozándose quedos y cuidados. Sonido que despierta al lector de su viaje submarino, subterráneo, extrahumano.

Salgo del sopor y aletargamiento que las dulces frases de un libro producen en mí. Entiendo. El sonido llama y le contesto atraído como por algunas musas recostadas en la orilla del mar que cantan y divierten entre cítaras y arpas a Poseidón. Tu voz ha entrado en juego, la técnica ha resuelto con denuedo el problema de encontrar tu voz aquí sintiendo tu cuerpo tan lejos de mí. Tu voz es realidad y virtualidad, promesa y palabra entrelazadas en un artículo de fe: fe en lo que significa realidad. La realidad de escucharte mientras tus labios se mueven a miles de sueños de donde mi cuerpo recibe el estímulo de tu voz. El mundo en que me encontraba, la realidad de una historia entre líneas que se crea y recrea en los pasillos del alma, la mente y memoria, ha caído de repente; las diosas y princesas caen de sus castillos en derrumbe y los dragones vuelven a sus madrigueras que desaparecen en el sigilo de una distracción y el héroe salvador ha tenido miedo del fracaso y una nebulosa a todos ha envuelto y el párroco –el ilustre fray– ha cancelado su misa y ante el armagedón sólo acierta en vociferar palabras entrecortadas que parecen simular una oración y cae de rodillas esperando de los tiempos la consumación. Segundos pasan. Quedan ya sólo ruinas y polvo, una espesa nata rojiza y carmín de tonos rosados e incluso azulados donde campos en incendio y chozas desarmadas hacen del espectáculo un circo de irónico recreo. Salgo, por fin, de mi ilusión literaria y encuentro tu voz, dulce marea de vientos y cortes, desfile armónico de vocales y consonantes unidas, orgiásticas y pérfidas, soldadas, sensibles y excéntricas.

Apenas si logro entrar en el archivero de mi memoria, lanzando con descontrol documentos, papeles, cifras, historias y mentiras para encontrar en la maraña espeluznante de la estancia la relación que me diga que tu voz es tú, que tú te has vuelto tu voz como el fruto se convierte en semilla en las manos del cosechador. Por fin doy con tan dichosa relación, pequeña hada de dimensiones más tiernas que humildes y ojos brillantes y juveniles que logra unir el sonido y tu rostro, creando entre la confusión del derrumbe que recién he vivido –¿o muerto?– y la voz misteriosa de lugares extraños y remotos una lógica brillante también, como sus ojos. Ahora entiendo. Despierto. Dame un minuto para pensar en tanto movimiento, tiempo, espacio y silencio que ha entrado y salido de mi ya ronca respiración. Apenas respiro. Con trabajos disimulo el cansancio de tan repentina maniobra. Dos segundos. Ya sé que estoy solo, que no debiera pedir ni licencia para tomar este respiro pero, ya sabes, así soy.

Por fin mi lengua, dientes y del paladar el velo han hecho una acrobacia y han respondido la frescura de tu voz, la marea de tu voz. De pronto me imagino –¿o era cierto?– como en medio de aquel páramo derruido por mi descuido sensorial; en el mismo centro donde el último de los hombres pereció luego de a su amada ver sofocar; junto al polvo y al lodo, las brasas aún tibias desprendiendo azufres y pútridos gases; me imagino respondiéndote desde una tierra lejana, mandando mil aves mensajeras a luchar contra el mundo sabedor de que sólo será una la que fiel regresará.

La marea de tu voz me ha hecho despertar, y a efecto ha muerto una mundo de ilusiones: una manada de dragones, dos diosas, catorce princesas vírgenes por desposar, cinco héroes vestidos de acero, cuatrocientos campesinos sonrientes que jamás a Dios volverán a rezar, mil hectáreas de árboles, colores y olores sinfín, un fraile aterrorizado, tres monaguillos mártires, mi mente creadora, la imagen que de sí misma tenía la pequeña aldea y, como si la sangre y el hastío no se detuvieran jamás, el pequeño amanuense, escondido entre muros pesados que, sin mirar ni ser mirado por la aldea, escribía la historia de los hombres y mujeres que habitaban la zona y la consideraban su propiedad. Su libro, perdido en mi memoria, no saldrá nunca y vagará condenado por los desiertos del olvido y el recuerdo, como en un circuito infinito del cual nunca poder escapar.

La marea de tu voz. Despierto. Destrucción, devastación, exhumación. Sin preguntar acaso por la salud de mi mente, imágenes nuevas comienzan a crecer, tu voz ha sido creadora, idéntica, quizás, a un Dios que desde su interior observa su obra, juzgándola buena. Así, en el desierto de huesos y carroña de mi mente algunas raíces comienzan a despertar mientras el rayo primero de un sol rojizo y blanco se hace un hueco en las alturas de cegadoras nubes cargadas de azufre y hollín. Cristalino manantial de piedras y roces diamantinos domina ya el paradisíaco paraje, y hadas que sonríen para sí mismas, sonrojándose, posan sus almas y sus cuerpos entre los lirios verduzcos que arropan sus cuerpos desnudos. Desnudos también crecen los árboles cerniéndose militares sobre el mágico fontanar, dejando a sus hojas, tan libres y esclavas como todo hombre pudiera desear, crear con el agua reflejos barrocos e impresionistas. Mil bestias han llegado alimentándose del eterno fragor y frescura que despiden las alas de un enamorado ruiseñor. De los restos de un pueblo en vilo y muerte y el cáliz ofrecido en sacrificio a la divinidad destructora de la marea de tu voz se erige con inocente belleza e ingenuidad un nuevo mundo que en mi mente no tiene nombre aún y que quizá nunca lo tendrá. Allí sólo priva un ahora, la vida no ha evolucionado ni tiene historia ni tradición; las bestias no descienden sino de sí mismas, y las llamo así, ellas, y el manantial no ha erosionado ni modificado su altar, ha sido y será lo que por el momento, en mi mente, es. Y yo, voluntad creadora esclava de tu voz, no soy sino yo, uno que no conozco ni soy pero que se recrea en un eterno retorno a sí mismo, a un tiempo cero cíclico dentro de una espiral singular, volviéndose quizá un yo ideal, idealizante e idealizado.

Tu figura entra descalza y desnuda en mi memoria, y las flores te miran tímidas y se doblan con vergüenza al contemplar a su diosa, creadora y sustentadora. Las hadas han hecho ya un círculo a tu alrededor y te iluminan y hacen brillar cuando tu cuerpo se posa sobre la roca mejor. Yo sigo fuera de tal , te veo desde una soledad y aislamiento que es tan mío como me reconozco su autor. ¡Cosa extraña!, he de crear, yo, un nuevo yo, ¿alter ego?, ¿alma gemela?, que entre en el mundo de mi mente y te hable. Por fin, una silueta aparece a los pies de una alta montaña que se erige en lo alto de una mirada rápida hacia ti. Apenas vislumbro tu cuerpo y corro y muero en el intento de alcanzarte. Siento la desconfianza que gritan las aguas a las que me acerco, siento como lo hace quien viola la intimidad de una rosa olfateando perverso su contorno, como queriendo robar aquel elixir, almacenarlo, manipularlo con las más viles técnicas y manufacturas. Siento el sudor de quien entra a un templo divino, de rodillas y con baja testa. Siento, en fin, lo que siente quien se corrompe a sí mismo haciendo de un sueño su sueño, una posesión maldita y enfermiza, propiedad privada de lo etéreo, mágico y poético; alienación de la cultura, de un baile bailado por todos o un poema cantado por todos en la profundidad de su ser.

Decido entrar. Mis ojos vierten la ternura de un fluido callado entre gritos cuando descubren tu cuerpo que descansa en la roca más lisa, más bella, colocada allí por los dioses como esperando por ti. Tu rostro sido esculpido bajo cincel, con detalles geniales desapareciendo entre las lógicas de la geometría y la alegoría; alguien ha puesto, simétricas, dos esmeraldas color de jade, tributo pagado por mayas o incas o aztecas a la visión de ti; tus labios despertaron de un sueño perfecto y virgen, donde las voces no se cantan ni los besos se ofrecen, y se abren confiados y vigorosos esperando al noble que te ofrezca su corazón; los rizos dorados que de ti cuelgan cubren juguetones tu rostro guardando de tu poesía un secreto, y descienden apacibles por tu cuello, haciéndolo aún más imprescindible para un soñado encuentro de amor; tus senos son apenas sombras que hablan de lo femenino en , de la interminable cruzada de un sexo por convertirse en ideal, del ideal que se hizo sueño, del sueño que eres tú; tu vientre saluda risueño la mirada del intruso con tersura y belleza y una mueca de perfección; tus piernas bifurcan el erotismo que exhalas al vibrar, dos tus piernas y dos los pecados que cometo al vibrar con tu vibrar, dos las condenas que en el cielo tendré que pagar.

Tus ojos me miran y la conexión produce un bochorno eterno en el mítico manantial, las hadas se miran desnudas y ruegan a los lirios las acojan y vistan y protejan de la impiedad. Me miras y te miro y el sueño, la imagen, la oración que mi mente ha proferido a la marea de tu voz comienza a desaparecer en un retorno a lo temporal. La mente mía, cansada de crear, ha entendido el sigilo de mi voz, la de un yo real, hasta que el yo ideal desaparece y se esfuma de la fuente de mar, igual que las hadas, que se despiden con la música final del despertar. Un yo y un se encontraron en la poética realidad que he creado yo, y mientras despierto al tiempo, a lo temporal, las figuras de ti y de mí se funden en un abrazo y sus líneas y curvas se confunden, sellados en una alter realidad que siempre vivirá en el canto del juglar.

Termina el trance. La marea de tu voz. Despierto. “Hola”.

18 febrero, 2007

Sed


-¡Tengo sed!


Era lo último que escuchaba antes de despertar sudoroso y con la respiración entrecortada. Aquella noche esa frase retumbaba entre la noche como recuerdo de lo que había sido. Su poder se había ido, no quedaba nada. Lo único que podía adivinarse en medio de aquella recién formada tumba era el brillo de unos ojos que, exageradamente abiertos a causa de la angustia, rogaban ayuda.

Hasta ese día el ritual se había repetido puntualmente. Todos los días Tomás despertaba sofocado a las cinco cuarenta y cinco en la mañana. Ni un minuto más, ni un segundo menos. Los números rojos de su despertador lo atestiguaban. Con todo, Tomás no los odiaba. Había aprendido a convivir con ellos y alegrarse al verlos. Ese brillo rojo en medio de la oscuridad significaba que, por hoy, había logrado escapar. El sudor en su frente también era su amigo. La humedad acumulada era una prueba del esfuerzo realizado para escapar de sus sueños—malditos sueños—, por lo que cada noche, luego de su escape y siguiendo las formas del ritual, se llevaba la mano a la frente para cerciorarse de su realidad. Una vez ratificada su existencia, se levantaba de la cama y se dirigía al baño. El rostro con el que se topaba en el espejo había cambiado desde la primera vez…la mirada inocente del niño había dado paso al rostro juvenil, y éste, a su vez, había sido testigo del paso a su estado —decrepito— actual. Las grandes ojeras en el rostro hablaban del sufrimiento de ese hombre. Para Tomás, soñar era un martirio. Cada noche, desde que tenía memoria, era acechado por demonios en sus sueños, por lo que buscando evitarlos —a los demonios y a los sueños— había cultivado el hábito de los paseos nocturnos, lecturas desveladas y procurado la asistencia a cuanto grupo, lugar o evento congregara trasnochados. Pese a todo, era inútil. Más allá de unas cuantas noches en vela, que acababan siendo un calvario durante el día, Tomás terminaba dominado por Morfeo y, en más de una ocasión, en los lugares menos indicados.

Pasaba sus días buscando una cura. Lo que él quería era no dormir, negar la oportunidad a los demonios de presentarse y acosarle, escapar de su martirio. No había nada que pudiera hacer. Brujos, curas, psicólogos, médicos y amantes lo habían intentado sin conseguir nada. No entendían. Hierbas, pastillas, divanes y caricias habían pasado por él sin ayudarlo y sin darse cuenta que sus prescripciones condenaban a Tomás al infierno que tanto detestaba. Dormir: maldición infame, cruz a cuestas, río de muerte y desesperación. Sin importar dosis o remedio, como condenado a una eterna penitencia, Tomás dormía. Esa era su maldición.

Un día mientras escapaba de los brazos de sus perseguidores, Tomás cayó. En el suelo, rodeado por sus captores, horrorizado y sintiendo cercano el toque de la muerte balbuceó un par de palabras: Tengo sed. Dicho esto cerró los ojos y se entregó a su fin. Cuando los abrió de nuevo estaba desparramado en el suelo húmedo de un lugar oscuro… sudoroso, maloliente y agitado pero, lo más importante, vivo. Desde entonces, lo más cercano a un remedio para su mal eran esas dos palabras. Repetirse a sí mismo que tenía sed era lo único que lo ataba a la realidad y que le permitía escapar de su laberinto personal. Así, inició la confección de su ritual: llevarse la mano a la frente al despertar, no tomar más agua que la estrictamente necesaria —había conseguido subsistir con tan sólo un vaso de agua al día—, acudir constantemente al baño y mantener cerca de sí, en todo momento, una jarra —vacía, por supuesto— como símbolo de su anhelada redención y su constante sed. Sed por tener sed.


Febrero 1

“Me costo trabajo despertar. Los demonios casi me alcanzan. Prometieron que vendrían a buscarme.”

Febrero 6

“Fin de semana. Logré pasar el día sin acabarme el vaso. Mi casera me preguntó si estaba bien: dice que se me ven grandes ojeras. Yo me veo normal”

Febrero 10

“El doctor dice que no puedo vivir así. Me recetó descanso y pastillas para dormir. ¡Tonto! No entiende nada. ¡Nadie entiende nada!...No puedo dormir, ¡no quiero! ”

Febrero...15(creo)

“Pude ver sus dientes. Son grandes y afilados. Quiero que se vayan… ¿Qué hice?, ¿Por qué a mi? Voy a ser fuerte, tengo que serlo. Si no duermo no podrán salir.”


Febrero 2...

“No tengo a nadie. Quizá sería mejor aceptarlos y vivir con ellos... me duele, me duele mucho. Estuve a punto de hacerlo...¡No! ¡Resiste!...si no lo hago ellos vendrán!”


Febrero

“Sed, sed… vienen por mí. Ya no puedo burlarlos mucho tiempo. No quiero dormir. ¡Malditos sueños!”


Febrero 24

“¡Están aquí! ¿Cómo salieron? ¡Es imposible! Se acercan… ¡Dios! Son muchos. Me están rodeando. ¡Tengo Sed!, ¡tengo sed! Siguen avanzando…

-Despierta Tomás, ¡despierta!

-No, no estoy dormido…ellos están aquí.

-No, Tomás. No. No pueden estar aquí.

-Sí, salieron del sueño.

-No.

-¡No son un sueño! Puedo oler su aliento fétido sobre mí…

-¡Despierta ya! Vamos, Tomás. Deja ya ese lápiz. Vas a morir.

Cuando lo encontraron estaba casi en huesos; con los ojos muy abiertos y aferrando un lápiz en su mano daba un toque desgarrador a la habitación. La cama destendida, la basura almacenada, el baño desbordado, inmundicia y la ropa sucia…todo sugería que aquel sitio había sido el único que aquel hombre había visto en mucho tiempo. La casera dijo haberlo visto por última vez hace más de un mes, cuando le pagó la última renta. En ese entonces se veía flaco y paliducho pero era un hombre. Lo que estaba en el piso del apartamento había dejado de serlo, era otra cosa. Nunca había sido un hombre parlanchín —quizá nunca había sido un hombre— por eso, cuando la casera dejó de verlo se limitó a introducir las cuentas por debajo de la puerta. Cuando abrieron el apartamento cuentas y recibos seguían ahí, mojadas y en el piso, formando parte del asqueroso tapete de desechos húmedos que tapizaba aquel lugar. Encontraron rotas las llaves del baño, las paredes enmohecidas, una jarra de agua—llena, naturalmente— y un olor pestilente acentuado por la humedad de aquel lugar. Encontraron también una libreta junto a él. Al abrirla un papel se precipitó al vacío. Era la receta de un doctor, le ordenaba descanso y muchos líquidos. El diagnostico: deshidratación. Al volver los ojos a la libreta notaron que era su diario. Allí, con grafías ansiosas y desdibujadas, se podían leer sus últimas palabras:


- “ Tengo sed”


Leo Cerezo

16 febrero, 2007

Tercer Sendero

La casa que seguía al sol

Al descender me encontré con una calle estrecha bordeada de casas pequeñas y en cuyo horizonte se adivinaba un mercado. Era sábado por la mañana y al acercarme pude ver que aquello no era un mercado, sino una gran reunión donde se congregaba la Provenza entera. En ambos lados del corredor se encontraban vendedores de frutas, quesos y verduras; más adelante se mezclaban los olores de flores y especias -alguna de las cuales causo estragos en mí- con hedores de carne, pescado y miel. A mi paso el mercado se extendía interminablemente haciéndome imposible dejar de pensar en la ironía de algo humano, demasiado humano, haciendo rabiar al infinito tiempo. Una vez que hube recorrido cerca de dos kilómetros, la distancia a la cual mis pies empiezan a reclamar, apareció a mis ojos el final de aquel lugar. Ante mi se extendía el Boulevard des Lices repleto de cafés que ofrecían sus terrazas, invitando a disfrutar una de las 300 tardes soleadas que ofrece ese lugar. Me interné en el Jardin d´été, donde se ofrecía la acogedora sombra de sus árboles como resguardo al dorado sol de la villa, hasta que una imagen de tiempos ya perdidos se reveló a mis ojos. Tras los pinos y abedules se presentaba una plaza semicircular acotada por inmensas gradas blancas. Al fondo, del lado izquierdo, un par de columnas desafiantes del tiempo y los elementos sugerían la existencia remota de un teatro, romano según presumían los restos de su capitel y fuste. Al continuar mi camino avancé hacia lo alto de la ciudad por la Rue de Cloitre donde encontraría una suntuosa catedral, y adelante, al girar a la derecha sobre la Rue de la Calade, otro vestigio de majestuosa belleza. Frente a mi se alzaba la fachada lateral de una estructura de forma ovalada, integrada por dos niveles de portales tallados en roca que se repetían como los viajes de Perséfone al Tártaro, como las posibilidades infinitas de crear palabras en lenguajes olvidados con las letras de alfabetos que nunca han existido. Los portales conformaban la vista exterior de aquel Anfiteatro donde alguna vez habían tomado parte cruentas batallas entre gladiadores y variadas escenas de caza. Al adentrarme pude imaginar el olor a sangre y la algarabía de los miles de espectadores que ahí se congregaban. Sentí el dolor de los hombres que gritaban, el júbilo del pueblo divertido, el circo en mis venas y sus lanzas en mi costado. El canto de un ave desvaneció las imágenes en el aire y, tras recobrar el aliento, retomé el camino.

Mi destino final era incierto. Iba tras esos hombres sin saber a ciencia cierta si los encontraría y sin saber siquiera si existían. Tantas imágenes habían mezclado la realidad con la fantasía y para entonces ya me era difícil distinguir si el niño que frente a mi corría era de carne y hueso o un capricho de mi mente esquiva. Entre nubes o sobre el suelo mis pasos me condujerón a una zona más despejada de la villa, donde los caminos bordeados por cipreses aportaban frescura al paisaje y tranquilidad al viajero. Uno de esos caminos capturó especialmente mi atención. A lo largo de él se agrupaban, como escoltándolo, un larga hilera de macizos de piedra que a semejanza de camas inmortales parecían albergar el último reposo de cientos de hombres antiguos. Un escalofrío recorrió mi espina. La posibilidad de caminar entre los muertos se me antojaba totalmente surrealista. ¿Era ese el camino hacía mi última morada? Al llegar al final, de alguna manera inexplicable y sinsentido, supe que lo era.

Al final de aquel camino se levantaba una iglesia de estilo románico, coronada por una esplendida cúpula octagonal que recordaba la arquitectura de las columnas del anfiteatro. Pero no era esa iglesia la respuesta que buscaba. Parado a uno de sus costados, pude ver la campiña desde lo alto. Se mostraba desnuda y provocativa; extendía sus brazos para dar abrigo a largos campos de trigo y, un poco más allá, en la palma de sus manos, a algunos olivos. Dejaba ver también las curvas de sus laderas y sus montes coronados por molinos. En uno de sus recovecos, del centro de mi mirada hacía la derecha, la descubrí. Era pequeña a la distancia pero bella desde el ángulo en que se le viera. Se erguía en medio de la nada, a la orilla de un camino alargado y cobrizo que se internaba en un pequeño bosque, tan sólo para desembocar en el pórtico celeste de su mirada. Frente a mí se revelo aquella casa. Brillaba como si la luz que reflejaba le fuera propia. Incrustada en la campiña parecía un pequeño sol alrededor del cuál danzaban lentamente árboles, caminos, trigo y río. Ante aquella vista tuve la certeza de haber encontrado mi destino. Como la segunda vez en la mesa de aquel café, esperaba que algo grande sucediera en ella… tan sólo que estaba vez no era un deseo. Esta vez sabía que la razón por la cual había viajado hasta ahí, dejándome llevar por mis deseos, se encontraba del otro lado de la puerta de aquella casa: la casa que brillaba eternamente siguiendo al sol.

15 febrero, 2007

Fragmentos: Crónica de una velada y un sueño

Es como la tierra oprimiendo el centro de ti, la tierra como una esfera perfecta terminada en filosas protuberancias que se encajan en la mente que vagabundea cuando el ocultamiento de la luz obstruye la claridad de las ideas. Déjà vu: reinventar la calamidad experimentada cuando el sol no se rendía a la penumbra de una soledad oscura. Todo viene cuando en la horizontal del descanso aún no conseguido atacan los vicios y yerros de un pasado inmediato, el día apenas sufrido. Y te conviertes en frente sudorosa y escalofrío debajo de una manta en que te escondes ingenuo, como si te persiguiera quien sabes que no existe, como si el más mínimo jaloneo de la manta que se ha vuelto tú rompiera el frágil equilibrio que te mantiene excretando sal y no sangre. Sal y angustia y la pregunta constante que busca sin encontrar razón, ¿por qué?, ¿por qué dormito sin sueño?, ¿por qué en la maleza de un pensamiento me interno haciéndome presente en un inconsciente recriminador?, ¿por qué soy velador entre soñadores? Te vuelves descolorida apariencia humana hasta que la última gota de sudor encalla cerrando tus ojos, cambiando el espectro, redimiendo el dolor en fantástica idea, cuando tu respiración acalambrada tórnase discreta y meditabunda. No sabes que has perdido la razón para ir en pos del sueño, sólo experimentas la milésima sensación del cambio que no surge sino hasta que ya no la percibes como tal, cuando incluso confundes el infierno de lo real con el propio infierno de tu personal construcción. Ahí vienes a encontrarte, nueva cuenta y una vez más, con el tú-mismo que mastica ideas, ideas distintas sólo porque te haz convertido en dueño, en demiurgo.

La nada se hizo algo, estancia irregular con curvas remplazando las rectas que, creo, deberían ir ahí. Alguien debería remodelar tan irreverente gusto: sólo admiro un pasillo coronado de luces tenues y en el suelo pañuelos y los pañuelos mojados de sangre y la sangre ¿de dónde ha venido?, y el sendero de sangre conduce como vertical hacia un lado y a otro y comienza en mí y en una puerta termina: la sangre separa mi paso de una puerta que es de metal como salida de una prisión donde jamás quisieras entrar. Y hay una línea de sangre que observo y en el suelo se han ido algunos pañuelos y ha quedado sólo sangre con lágrimas, lágrimas que han evitado ser obsceno charco y se conservan como capullos de dolor no contenido. Quisiera tomarlas sin romper su figura, quisiera llorarlas yo a ellas sin que me vieran desde su condición suspendida. Mi movimiento es como acercando y alejando la puerta a mis ojos: parece que estoy cojo cuando advierto en mis tobillos los dorados grilletes que observo y maldigo y limpio con un paño bendito, y reluce mi figura como el mejor esclavo de brillante atadura. Ahora es una puerta carcelaria y cerrada mi visión completa y mi mano que se estira y que hace girar una perilla perfecta tocada en brillantes y esmeralda. A su entrada soy yo pies que nadan en una atmósfera de sales de lágrimas y le busco sin encontrarle y le grito ¡duerme, infante, duerme! y le beso sin besarle hasta que encuentro su temple suplicante. Es la figura de la perfecta armonía de quien vive sin miedo mas sus ojos guardan un tono hiriente, con grandes y negruzcas lagunas por debajo como si no durmiera, como si la noche molestara un reposo que no ha existido. Y le grito ¡está bien, niño que no duerme, está bien la luna y está bien que me busques! y entre mis brazos le hago cuna y con silente descanso el espacio que nos rodea ya no existe más y somos sólo él y yo, unos brazos que lo miman y unos ojos que se han cerrado y mis pies que se secan del mar salado. Y la estancia es de nuevo creación de rectas perfectas y es luz que deslumbra unos ojos que se entrecierran defensivos. Y es de pronto la luz un trino y el trino me enternece mientras…

Un trino es un ave y la luz es luz matutina. Los ojos aún se quejan doloridos. Volvió aquel instante milimétrico en que nacemos y renacemos, en que la fantasía se cuela en un segundo y se mezcla y no sabes si sueñas o despiertas, en que la realidad no parece tan real como aquel niño que se mecía, y aquel niño en tus brazos no existe por más que le amaste y besaste en la frente, porque tus brazos vacíos cobran sentido y se sienten a sí mismos con la radiante locura de un sol fornido. Y sonríes y echas a andar camino mientras las gotas te alivian el sopor y te alegras al ver que son charco y no capullo y así empiezas, de nuevo y una vez más repitiendo la escalada de barbarie y de vicio, jurando “este día será un día de brillo, y serán mis manos cuna del sueño cuando la horizontal me encuentre desnudo y satisfecho”, y sales al mundo y en tus brazos desnudos se anida ese niño al que meces y para quien guardas sigilo, y sabes que tus brazos, como nunca, y tus labios y tu mente y tu boca que es la frontera del vientre serán cuna o despertar ruidoso de aquel niño que, cuando la luz se apague y te quedes en vilo, al filo de la minúscula partícula que separa tu mundo del sueño, dejará pañuelos de sangre y de sal y te obligará a pulir de nuevo tu cárcel o recostará también sus sienes y te dejará volar y ser tú, demiurgo del sueño. Lo sabes y así comienza todo, comienza el día, comenzando también el sueño.

Aranda, 15 de febrero de 2007

14 febrero, 2007

6

Te doy mi mano pura, limpia, lavada en las olas del mar de mi tristeza que te aguarda, te la doy libre del deseo de una piel que no sea la tuya. Te doy mi mano para que la conserves en las tuyas, en el refugio blanco de tus palmas, tras el pestillo de tus dedos entrelazados... tus dedos que regalan nueces a las ardillas. Toma mi mano, cura sus nudillos roidos, sus falanges rotas que le impiden el vuelo, persuádela de negociar la paz con tu ausencia y de no volver a golpear el rostro de tu abandono.

Te doy mi mano porque en ella espera, callada, la caricia paciente que te tocará en los labios, que caminará de tu nariz el canto y amará tus cejas y tus párpados; porque en mi mano hay música que espera nacer de las cuerdas de tu pelo suelto y largo, que existe libre en mis ficciones lejanas, que se esparce y se divulga sobre la sábana blanca de mis letras imposibles; porque en mi mano existo y con mi mano amo; porque un día, sin verla venir, tu boca hirióme el alma en un impulso impostergable, golpe mortal, ahi, por donde hoy corre libre el rio lento de mis lágrimas, en el hoy sombrío y descuidado jardìn de mi mejilla, tu beso, me tocó.

Tómame, llévame por el laberinto de esta espera, en esta noche en la que llueve melancolía y leve
brizna el tiempo lento.

06 febrero, 2007

De realidades y absolutos

¿Fastidia, hombre, tu realidad bastarda?
la puta que señalas y te abraza,
esa cuyo seno tu letra alcanza
y que sufre mientras tu vida guarda

¿Olvidas el regalo que resguarda?
libertad para tu prosa ensalza,
un cuerpo para tu afilada lanza
y un manto aún para tu credo aguarda

Lloras y clamas por las letras luto
cuando enjuicias en el verso “nada”,
¡ rezas, necio, verdad en absoluto!

¿Ves posibilidades en tu “nada”?,
o cegado por sórdido absoluto
¿impondrás realidad totalizada?
Leo Cerezo

03 febrero, 2007

Absolutizando la relatividad.


(… en una hoja de papel y con grafías nerviosas)

Fui y seré
soy, eres, serás,
tiempo de ser, tiempo de serás…
¿soy?, ¿era?
siendo soy lo que seré.

(… una imagen desdoblándose a través de espacios y sonidos)

La luna era el hueco de mil luciérnagas o incandescencia celestial alumbrando el corazón de los dioses o un cuerpo celeste reflejando la gracia de otro que le superó. Ahí me presenté con la discursiva técnica de la creación, dentro del cobijo de un aula adobe dentro de donde desencadenaba la pasión de la letra y de la mujer. Ambas se asían a mi mente como rindiéndome a un escalofriante y sigiloso funeral cargado de figuras mudas. Aprehender el mango o sus muslos y acercarlos con fuerza al centro de mi explosión producía un eco tan romántico como agónico: la obra terminada, como el coito, resultaban pasajeras de un tren que zarpaba un segundo antes de poder yo ser yo.

Mi figura postergaba algunas quejas. Había quien me amaba sin compromisos ni preguntas: nombres propios que volaban en un interior excitado por dos o tres horas, mientras los tenía, para luego desaparecer sin rastro, abandonándome en la tranquila amnesia, con la certeza de una entrega momentánea, corpórea, insulsa, destinada únicamente a la mutua entrega de incentivos vagos y vacíos. La figura vaga de la indeterminación de un rostro que no dice nada, que algo contó más pereció después. Figura del desfiguro.



(… voz que reflexiona encuadrada en una oscuridad)

¿Quién habla?, ¿de qué hablo?, ¿cuál luna?, ¿quién derritió sudor sobre mi vientre? Si la luna no es luna sino un foco cristal encendido a medias, foco que centra a la perfección en un techo a medias grisáceo. La letra no es más que un juego dadaísta en que arreglar palabras contiene el desafío único. La mujer no más que una imagen que convertí en sueño y en el sueño la pernocté. Mi rostro no más que un rostro, cartulina blanca perforada por un par de lunares corrugada por una mínima cicatriz.



(…tomado del guión de Absolutizando la relatividad)

Ethan recorre su rostro con las palmas como confundido, observa el cuarto donde se encuentra, fija su mirada al foco a medias encendido.

- ¿Quién habla?, ¿de qué hablo?, ¿cuál luna?, ¿quién derritió sudor sobre mi vientre? Si la luna no es luna sino un foco cristal encendido a medias, foco que centra a la perfección en un techo…



Relativa es la mente con respecto a sí misma cuando no encuentra ni proa ni babor. Relativos son los sueños a un metadiscurso, a la partícula de la realidad desde donde fijarnos al inmenso cambiante. La relatividad, así impresa ante los ojos, deslumbra por su fulgor, su fuerza, una penetración causal de quien deja de preguntar, de quien bajo la astucia del cambio gramatical sí-quizá derrite todo cuanto permanece fijo.

El conocimiento humano parte del reconocimiento de que su propia sensibilidad queda corregida por un mundo real no abarcable por completo. Lo que sabemos, como unidades de conocimiento, aparece frente a nosotros cargado de subjetividad. De ahí la fuerza premonitoria del relativismo. Mas la absolutización de dicho relativismo conduce a la paradoja del conocimiento humano: saber que todo es relativo implica en sí misma el conocimiento de algo no relativo. Esto, por decir poco, conduce a la reflexión mínima de que el relativismo no es un orden suficiente para el ser humano, ya que el encuentro del mismo con partículas que se ordenan hacia la conformación del mundo real contradice cualquier tesis relativista en su cínica expresión pura.


Así, humectados por un relativismo de moda, el arte sucumbe. La migración, mutación, diseminación, corrosión, fusión y dispersión, maldición del concepto mínimo de la belleza ha cegado los ojos de muchos que se contentan con pensar que en todo hay un poco de arte. El sentimiento y la expresión se vuelven accesorios de lujo para quien escribe sin escribir. Las letras que un día se consagraron, hoy casi son exigidas a reconocerse humildes ante la ausencia de márgenes, límites, estándares. La expresión es un espectro ilimitado donde entendimiento y pasión vuelcan significados por las letras. Expresión sin letra es opinión, letra sin expresión es comunicación minimalista ordenada a una función básica. La letra y la expresión, la tinta y la lágrima, caminan juntos cuando se crea arte, cuando una hoja despega para volar, cuando los dedos se manchan de una tinta que corrió libre pero exacta, hermosa mas cuidada, nutrida, respetada.

Cuiden los mangos y las tintas serias al arte, el saber y la vida del totalitarismo nacido de absolutizar el orden relativo de todos los órdenes. Cuiden los conceptos de bello, cuiden la lógica y la diferencia entre creer y ser.

31 enero, 2007

Caminantes y Caminos: Verborragia

Silencio. Si te dejaras pernoctar en sus brazos soñarías con espacios nulos que cavilan sobre la espasmosa lubricidad del vacío. Cerniendo el vaivén de una respiración en reposo sobre la laguna de agua cristalina se convierten tus pasiones en destellos imperceptibles, acontecimientos atómicos que cantan victoria en su batalla contra el tiempo. En el silencio te pierdes, pierdes ese uno, salvando en ti lo vivo que puede haber. El decadente magisterio del sonido hace despertar tu malcriada aversión a la totalidad del instante, te recelo contra el viento que no cuentas ni mides, tu enferma perversión por hacerte contraste yo-otro. La dulce expresión de joven del no-sonido rompe el límite de ti: inmersión donde el sentido queda exhausto y pierde su simbólica utilidad, sentimiento que se vuelve aleteo de colibrí, pérdida del sentimiento que te permite olvidar las alas y contemplar la curva casi esférica de un movimiento aeronáutico perfecto, un mecimiento que ahonda en la perfección de una no-descripción. Si te quedaras en silencio no serías ya tú quien calla sino él quien, poseyéndote, se inhuma y a ti consigo, volviéndote tú etérea indicación de que ahí había alguien que se perdió para encontrarse.

Un día fue en el silencio la pregunta y en la pregunta el saber. Un día los labios vírgenes callados me querían prometer. La idea se enamoró de un silencio de labios cerrados. Fueron amor. La luz de su fértil cópula inunda aún los pasillos de la memoria de algunos quienes, incendiarios, fallecieron en el celo de ésa tierna niñez.

Cerrando una garganta de sórdidas agallas contemplas el vientre hinchado de la creación, del quimérico anonadamiento que se contempla sin moverse, de la figura desbaratada en polvo de sensaciones componiendo su propia obra musical. Te vuelves un mármol y cincel que acaricia tus límites y te acompaña a la creación de ti. Y tú de pronto ya no eres carne sino vestigio de explosión, luna de abril, piel desnuda cobijada por el monzón. Mas cuando la lengua se rebela ciérrase el portón de la creatividad, sangra el afecto a la idea, a la luz y a la intimidad. Verborrágica es la esencia de quien muerde entre sonidos su propia incapacidad, quien no encuentra en el silencio entre el sonido el principio y corazón de todo comunicar. Sólo en la mágica cadencia del silencio y su lento palpitar se encuentran las palabras cómodas y dignas de dicción. Sólo dentro de la propia esencia experimentas la implosión, sólo ahí eres viento y alas que han perdido la forma y el color, eres mar adentro, mar océano, mar y sólo mar: experiencia horizontal de lo mismo que desbarata los límites y el afán de la división. Sólo te encuentras uno cuando abandonas esa misión, y callas y observas y meditas sin figuras preconcebidas ni vocación.

Existirán lenguas mordaces y vulgares, de las que se erigen justicieras sin poder siquiera identificarse. Existirán quienes habiten entre el silencio y el murmullo, vean con ojos perfectos y silbidos significantes. Un día encontré en el silencio una morada. Un día, sin más, desbordaré entre silencios un amor, una palabra, una pasión apenas esbozada.

19 enero, 2007

Caminos y Caminantes: Dos Lenguas

Provoca una sensación de corazón abierto, hija de la exageración haciendo implosión en el vértigo de las imágenes y sonidos. Corazón abierto. Abierto. Exagera mientras ríe y llora, Garrick de gloria y destrono, desmantelado ante la lágrima esbelta y subterránea que corre mientras canta, abrazado al mástil incólume de la percepción. Si lo observas, observas cómo la aorta, incendiándose, vierte el sentimiento, irradiándolo. Eso es. Corazón abierto. Así le llaman, mas nadie dice jamás palabra. Se dice con el silencio de las letras.


*

No se dice a voz en cuello, se guarda. Así ha sido siempre, siempre será. Luces inermes tomando vida en la sacralidad del campanario. Consiente en la furia del sentido el pretexto de ser contraparte, músculo de fragilidad, fermentado en los ardides de lugares y tiempos, corrosión meta. Desgarre de mente. Abierto el cielo habla de ideas, hablando de un corazón abierto. Abrir experimentado y protegido, buscado y menguado entre las dimensiones y las noches tan varias de varios pretextos. Pretextar desgarros. Desgarrar entre pretextos los hilos de la seda blanca y fina, misteriosa y prometida de perennidad, misterioso artículo de fe velado por la superación, la caducidad.

*


Háblame entrecortando en mi respirar dos suspiros, uno que exhale y otro que espere animado de solicitud. Habla y, mientras hablas, deshebra la seda blanca y fina del pretexto, convierta tu aullido la tela en manta y la manta en ciervo, y sean ambos pesebre y alimento. Dicen de ti que eres corazón abierto. Abierto porque abrazas, porque ríes mientras lloras en el teatro de la implosión que se funde en tu dulce veneno. Y mientras hablas mírate a los ojos, ésos insensatos y perdidos, ventanales espectros del color, miríada utopía fantástica real, real como mis suspiros; irreal como que evaporas tus sopores si te tocan manchando tu desnuda piel.

*


Deslinda desde la desértica frialdad el campo de rosas prometido, real si te quedas utopía, irreal si quedo asido, enfermo y verborrágico, maniaco en la cascada del ímpetu de ser tú consumiendo la tierra entre mis pies. Asiente tu perfección mi ansiosa finitud, levante mis fuegos, arranque pronto la instrucción entre el pretexto de salir y la certeza de más no entrar. Pues es de ti de quien dicen se marchó y me arrebató, levantándome en la suspensión contemplativa de mí y mi estar. Bendita tu condición de ser en el mundo alimentando esa mentira, burlando tu posesión, hilando sedas blancas sin cobijo ni portal ni mordaza de pan, desnudando las verdades, mostrándolas sin compasión. Te hablan y en silencio no reculas ni accedes: muestras tu pasión.

* * *


Dijo Henri-Levy de sí mismo ser hijo bastardo, política condición, caído en el mundo peor del hombre en sociedad. Digo yo haber abierto como un parto la lengua y el corazón, partiendo saliva y sangre, comulgándolas sin mezclar. De los pretextos quedo prendado para aniquilarlos silenciando el diapasón. En el desierto de Zaratustra, en el campo de flores de Rembrandt, forajido y misionero, patriota y saeta salpicada de emoción. Dicen los hombres que recuerdan Babel, sus muros pintados tornasol y sus escalinatas sin final, yo recuerdo dos lenguas, atadas y sinceras, hermanadas en el beatífico don de luchar. Su celo te reduce y arrodilla, eres cepo y discrepancia envuelta de realidad, mancilla tus palmas cubriendo tu saliva de un negro con el cual comiences a pintar. Trazos y formas. Formas para sentir y pensar. Ambas besan con la explosión que nace en el centro del mar, donde las olas son bravías cuando no se ven, que te asfixian y te besan en la profundidad salina del mundo al que no perteneces, te conviertes en subterfugio, en dicha oculta junto a sirenas, en memoria en arranque, en progresión, en creación mental. Y todo resuelve y simplifica. Trazos y formas, sentir y pensar. Sentir la mañana y el aire que acaricia tus manos ocultas, pensar la mañana, encontrarla hermosa por efímera, por silenciosa, convertir de los ángeles sus alas en algo más que ilusión, reducir la emoción a dato, cuestionar las alas, creer por convicción. Corazón abierto y contraparte, pretexto que desnuda tu piel, pretexto muerto, dicha fiel.

Lenguas tantas son que aprietan convulsionando, lenguas tan pocas que se aniden y renazcan. Lenguas somos, hasta que un día los dioses decidan recular.


Aranda, 19 de enero de 2007.

15 enero, 2007

Rêve

Sueños
soñadores tú
soñadores yo
un sueño

sueños no soñados y soñados
imagenes soñadas y por soñar
soñar tus manos
soñarte. soñarme

sueños nosotros
tú, yo
un espacio seduciendo
un tiempo /
corazones palpitando amor

sueños
soñando y viviendo
una historia
tú y yo

Leo Cerezo

10 enero, 2007

Segundo sendero

En cualquier lugar de la campiña

El vaivén de aquel tren me indujo recuerdos prestados de los lugares por los que las vías me conducían. Recordé una tarde soleada en medio de un campo de trigo, reviví el día en que me despedí de Thérèse para irme a la ciudad a probar fortuna, me lastimé las manos mientras mis recuerdos ajenos me obligaban a arar la tierra. Aquel tren se volvía un suplicio, su paso lento y acompasado era mi enemigo. Mi cuerpo se fatigaba al paso de las estaciones, el sudor escurría por mi frente y el deseo de la noche me inundaba mezclado con la certeza del descanso venidero. Para entonces llevaba ya 400 kilómetros recorridos, cuatrocientas fatigas y cuatrocientas noches de insomnio. Restaban aún 340 para llegar a mi destino, a aquel Sur del que hablaba el hombre de cabello rojizo, o al menos a ese pequeño lugar sureño donde unos cuantos atlas y un par de enciclopedias me sugirieron podría encontrarlo.

Un par de días después del encuentro con aquellos hombres, volví al café donde los había encontrado. Era media tarde y todo se notaba tranquilo alrededor. Al entrar dirigí una mirada al viejo de la barra que pareció reconocerme, busqué la misma mesa donde me había sentado y en el trayecto tomé un ejemplar de Le Monde. Por alguna extraña razón esperaba que sucediera algo extraordinario al volver a estar ahí, quizá recrear algún rito fascinante, pero al sentarme nada paso. Pasé rápidamente las páginas esperando encontrar alguna nota en la cual entretenerme, pero no logré nada. Luego de una lectura fugaz de las primeras líneas saltaba a otra y a otra. En uno de esos saltos literarios la voz ruidosa de un hombre desvío mi mirada hacia la entrada. Era aquel hombre pequeño de apariencia lúdica que había visto sentado con los otros, entraba al lugar apoyado en un par de bastones y arrastrando tras de sí su pierna izquierda. Se detuvo un momento para pedir al viejo un plato cuyo nombre no recuerdo y siguió su paso extraño hasta tumbarse sobre la mesa al lado de la mía. Contrario a su escasa humanidad, su presencia era inconfundible. Aquel era un hombre ruidoso y enigmático. Sus ojos parecían ávidos, cargados de deseo, lujuriosos como los ruidos que producía al comer. Luego de una infructuosa búsqueda por los titulares del día, reparé en la presencia de una joven que sentada en los restos de piernas del hombre jugaba con su barba. Su apariencia me recordó a las chicas que pululaban por la noche entre los molinos; las marcas en su rostro me revelaron que era una de las que, aún ahora, ofrecen sus favores en la zona baja de aquel barrio.

Doblé el periódico y levantándome lo deje caer decepcionado sobre la mesa. Nada extraordinario había sucedido. Ni rito, ni fantasía… nada. Entonces lo escuché hablar. Se refería a la imposibilidad de plantear siquiera que la abandonara algún día. Mientras caminaba a la salida sus últimas palabras explotaron en mis oídos. …vivir entre los brazos del Ródano y olivos, sin nada más que los restos de un teatro y criptas para entretenerme? ¡Jámas! Aquellas palabras taladraron mi cerebro y se instalaron en mí como una necesidad urgente. ¿El Ródano?, ¿Un teatro? Sin darme cuenta mis pasos me habían llevado hasta la Bibliothéque Nationale y los atlas de la sección norte de la misma.

Un silbido rompió mi embrujo. Era el tren que llegaba a la siguiente estación. Un joven envuelto en un enorme traje rojo se me acercó. ¡Monsieur! ¡Nous sommes arrivés!

29 diciembre, 2006

Primer Sendero

“Todos creyeron que el encuentro de los dos

jugadores de ajedrez había sido casual”

J. L. Borges

Montmartre, 1886.

Cuando entré supe que aquel era uno de esos lugares a media luz donde se gestan las cosas simples de las que se componen las maravillas. Recuerdo la manera en que esas voces tumultuosas llenaban los espacios entre las mesas del café y como se escurrían peligrosamente entre manteles, tazas y poetas hasta instalarse como manchas de color en los cuadros que colgaban presuntuosos en la pared. A mi derecha cientos de puntos me sugerían una tarde soleada en cualquier parque de París, a la izquierda se mezclaban grabados japoneses con delicadas escenas de ballet. Fue entonces cuando me percaté del grupo que en la penumbra discutía acaloradamente al fondo del lugar. Eran como un montón de centauros bramando y danzando ante el fuego de algún oculto ritual de iniciación, al tiempo que semejaban la majestad de una reunión de sabios druidas en los bosques de la antigua Lutecia que ahora habitan.

Ahí estaban. Un hombre pequeño, y presumiblemente cojo, debatía junto a uno sensible y delicado, que a su vez escuchaba atentamente los alegatos ruidosos de otro de apariencia aristocrática. Junto a ellos un joven de sombrero de ala ancha y otro barbado de ojos encendidos parecían absortos en una profunda reflexión, ajenos a los diálogos del resto. Fijé la mirada en mi café y me perdí entre los trozos de nubes que desprendía… sentí la placidez y náusea que se produce luego de largos días en el mar, recordé la carta de Jean describiéndome como panecillos dulces las cúpulas blancas del Sacré Coeur, y me concentré en mi acostumbrado recorrido imaginario por las calles de aquel barrio de perspectivas imposibles. Por alguna extraña razón no podía dejar de transitar por los caminos de ese barrio -una vez que me instalaba en un sitio no hacía mas que salir en mi mente a recorrerlo de nuevo. De regreso a mi café me encontré con ese hombre. Bajaba por la escalera que conectaba la Rue de Chevalier de la Barre con la Rue de Bonne, una de esas escaleras interminables que me recordaban el camino de regreso al Hades y que reflejan en sus costados las estrellas. Avanzaba con un paso entrecortado y presuroso, aferrado a un paquete ocre que sostenía contra su pecho. Cualquiera hubiera dicho que aquello era un tesoro y él el ladrón que lo profanaba o quizá el creyente que lo protegía. Entró por la puerta dando tumbos y tras una breve mirada nerviosa con el anciano sentado tras la barra, enfiló al encuentro de los otros. Había algo en ese hombre que en ese momento no pude distinguir. Parecía frágil, inseguro, como a punto de quebrarse. Después sabría que, en buena medida, así era.

Tomó una silla de la mesa de a lado, donde un hombre degustaba alguno de tantos platillos extraños que distinguían ese café de la docena que plagaban la Place du Tertre, y ocupó el centro de la reunión. Fue cuestión de minutos para que aquello se convirtiera en un vendaval de gritos e imprecaciones que iban poniendo incómodo al viejo de la barra. Cuando éste se dirigía hacia ellos un sonido sordo y fuerte quebró los gritos del lugar. El paquete ocre yacía abierto a los pies de aquel hombre, un lienzo asomaba entre las telas y algunos trazos al carbón sugerían apenas la silueta de una figura humana. Su mirada se notaba eufórica, ansiosa; miraba a todos buscando respuestas, como intentando decirlo todo a un tiempo pero sin conseguir enunciar palabra alguna. Entonces lo logró. Un par de palabras surgieron de entre su barba rojiza, surcando el limitado espacio de aquel café. ¡Au sud! ¡Au sud! Repetía sin cesar. ¡Zurige al! Decía para sí mismo mientras salía corriendo y se perdía entre el lujurioso laberinto de los molinos de aquel lugar. ¡Al sur! Resonaba en mi cabeza cuando en la noche me percaté que aquellas palabras, como flechas de Apolo en los combatientes griegos, habían acabado incrustadas en mi frente.

Esa noche supe que en ese café se gesto un fuego, uno que nunca más se apagaría y que aún hoy llevo en alguna parte de mi cuerpo. Aquel extraño, como Prometeo a los hombres, me había regalado el fuego.

 
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