1. Del desencantamiento del mundo al antiesencialismo del sujeto.
2. La insoportable necesidad de creer.
3. Disertación.
Nada han cambiado
el mar y el olvido
al borrar tus huellas.
* El Haiku (o Haikai) es otro tipo de poema breve de origen japonés. Consta de diecisiete sílabas organizadas en tres versos de cinco, siete y cinco sílabas respectivamente.
Este tipo de poema plasma una situación cotidiana a la que el poeta japonés liberaba de toda trivialidad al elevarla al plano trascendental del espíritu.
-----------------------------------------------------------------------------------
ocho horas después (actualización):
De alguna forma debo liberarme, debo desgarrate, borrarte, matarte, antes de que todo lo anterior suceda conmigo. He recogido todos los pedazos que yacían en el tiempo, algunos sobran y otros se han perdido para siempre. Este proceso ha sido largo hasta la nausea, y yo ya estoy cansado. Y tú, tú estás mas viva que nunca. Todo carece de principio, magnitud, sucesión y sentido; la carestía es un río desbordado que trasciende más allá de tu presencia y se lo lleva todo, incluso, la posibilidad de significado.
Y tú, tú eres una marea.
V.N.
Como la perfecta máquina, invención coetánea de los cielos y las estrellas, como el azul vestido índigo del instante entre la vigilia y el sueño; irrupción de la mayor perfección con centro entre las parcelas del norte y las sureñas; relativa conciencia, razón y sentimiento, buen gusto y maldad, debilidad y ceño; su nombre: el hombre, castillo encumbrado entre las montañas más bellas, castillo él como morada y como centro de intersección de lo malo y lo bueno.
Nacido entre los líquidos y sangre que le cobijaban como a larva entre mares, venido a más con los años que hinchan sus huesos, su carne y desvelo; es hombre al fin como lo somos todos, hermanos de sangre y de vuelo, de risa y consuelo. Somos la repetición inextinguible de intentos por el favor de Estigia contra la furia de Hades. Carcomidos por la ordenanza de ser “uno” en medio de “todos” nos pasa la vida; jamás se consigue, no obstante, pues siempre somos el eco de algún otro. Somos máquinas perfectas, composiciones maniqueas facultadas para dar vida o muerte, para hastiarnos de soledad o confortarnos en la compañía. Somos la unión entre el cielo y la tierra, el dedo que aproxima el más allá, somos todos y cada uno un loco.
Fácil es deshacer los castillos propios y ajenos, verter cobardemente el fuego sobre sus maderas finas y aleccionar a los súbditos que ahí habitan. Robar sus ajenjos y sus vinos, asesinar sus parcelas y asfixiar el último aliento del soberano mientras medita. Ardua es, al contrario, la construcción de túneles, escalinatas y puentes entre tan vastas construcciones. Tallar en las puertas un doble escudo, alimentar a los siervos de dos, aleccionarse todos en el respeto y sus correcciones. De ahí que las ciudades sean tan pobres y tan separadas, los hogares tan secos y friolentos, y que en los fogones se cuenten con matemática observancia las raciones de los “nuestros”. ¡Qué fácil madurar separaciones y límites bajo la lanza y el fuego… y qué difícil mostrar los portones nuestros abiertos, nuestros brazos ilusionados, y nuestros corazones dispuestos!
Juan Pablo Aranda. 11 Septiembre 2007.
Las calles eran marrones, crujientes y encendidas por el sol naranja, el frío transportado por el viento recorría el espacio levantando consigo las hojas y el polvo. En ese paraje desértico estábamos Tomás y yo. Acabábamos de visitar a Joan Miró, o lo que queda de él colgado de las paredes. También tuvimos oportunidad de conocer a un tal Fernand Léger, un pintor tubista de propuestas interesantes, no tan irreverente y caprichoso como Joan en sus pinturas, al menos no en los trazos y las formas, pero sí en los temas. Extrañamente la obra de uno era la antítesis del otro: el hombre como parte prescindible de la composición versus el hombre como toda la trama.
Afuera deEl mismo frío que traía el viento, y el mismo paisaje naranja y crujiente, esta vez decrecía en su color, todo el espacio se tornaba violeta-azul-gris. Había en el ambiente un fondo de Opera. El frío cada segundo inundaba más el aire hasta dejarnos casi sin respirar. Mi nariz: congelada. Las orejas: ya las había dejado de sentir hacía algún tiempo. Estaba sentado sobre una banca amarilla, mi pantalón negro se confundía con la gabardina negra que bailaba con el viento que arreciaba. Tomás encendía un cigarrillo, Ducado de marca, tabaco negro; “dulce aroma y suave tormento” me dijo.
Tomás estaba sentado sobre sus talones y todo su peso concentrado en el mismo eje. El frío seguía insoportable. Lo que antes era el cigarro ahora languidecía como colilla, consumiéndose en el suelo. Esta imagen compuesta de Tomás sentado sobre sus talones y la colilla en el suelo, me trajo el recuerdo de una cálida fogata. Me agregué a la composición casi bucólica del hombre y el fuego. Tomás y yo nos sentamos alrededor de la colilla intentando calentarnos, acercábamos las manos al débil fulgor del tabaco consumiéndose. De pronto, detrás de Tomás una cara bonita con ojos verdes y bufanda roja hizo una seña como pidiendo permiso de acercarse al fuego. Tomás le dio paso y allí estábamos los cuatro, con la mujer de la bufanda roja se había sumado la amiga en chaqueta de cuero, una mujer más bien regordeta de cara intrigante y nariz pronunciada. Todas las manos alrededor del fuego. Nos enteramos de que la mujer de bufanda roja y ojos verdes era Estonia, y estudiaba periodismo. Ese nombre habían decidido ponerle los padres después de consultar con un porro de mariguana. Se les hizo buena la idea en el momento. Los padres de esa época andaban escasos de nombres originales y recurrían a nombres de países, y entonces ella se llamaba Estonia. La amiga de chaqueta de cuero y regordeta era Rosa, nombre más sencillo pero no más sensato. Rosa estudiaba comercio y nos contó que le gustaban las noches sin luna, el sabor del chocolate y los cerezos cuando florean. Las historias de Estonia y Rosa transcurrían cuando de pronto sumábamos ocho, se nos habían unido una pareja de catalanes que morían al igual que nosotros de frío y otros dos ancianos de nacionalidad indefinida que, según sus propias palabras, no estaban ya para dejarse maltratar por el clima.
Tomás, Estonia, Rosa, Xavi, Núria, el abuelo, L’avia y yo, todos alrededor de la colilla que cada vez se hacía más efímera. Entonces Tomás decidió tirar al "fuego" los cigarrillos que quedaban, después de repartir uno a cada uno de los fumadores que éramos cuatro. Los abuelos por recomendaciones médicas no fumaban, Rosa y Estonia eran vegetarianas del ala radical, por lo tanto no fumaban.
Descongelando las manos y los pies, tratando de ganar el mayor calor posible, de la nada, unos franceses y un par de gitanos se sumaron a nosotros. Los franceses, siempre precavidos y borrachos, llevaban en las mochilas unas botellas de Cavernet de Sauvignon, unos quesos y unas patatas fritas que empezamos a compartir los veinte que éramos. Los gitanos, una morena bellísima con cabello liso y un tío mal encarado, con la guitarra a cuestas, compartieron la música. El fuego de las colillas se avivaba más con el danzar de la gitana y los aplausos de los miembros de esta improvisada fogata dentro de una parada de autobús. Estonia y Tomás hacían el amor en un rincón, alentados por el calor de las colillas, el vino y la cadenciosa música que interpretaban los gitanos. El par de catalanes habían empezado también con lo suyo, sólo que no tan alejados de la fogata, supongo que eso inspiró a una pareja de franceses a montarse un “menage a trois” con Rosa; eligieron esa modalidad del amor con un trasfondo un poco chovinista (en el sentido más positivo de la palabra), y haciendo honor a su origen Galo. Estas escenas me recordaban cómo imaginaba de niño (bien, no tan niño) lo que debió ser la prehistoria: las manadas de homínidos cazadores y pescadores alrededor del fuego, inventando la música, el amor y la poesía. Mientras tanto, yo estaba aterrado, miraba cómo los cigarrillos se acababan y ya no quedaría nada, ni fuego ni calor, sólo los cuerpos desnudos y tiritantes de los amantes en reposo.
Un corredor que pasó por la estación de autobuses me recomendó que utilizáramos hojas secas para preservar el fuego. De los cincuenta integrantes del grupo alrededor de la fogata, diez nos dispusimos a acarrear los restos que el otoño deja a su paso, para que la fogata perdurase y no morir congelados. Los otros 40 ya fabricaban calor propio.
Intrigados por el ruido y la alegría salieron Miró y Léger de los restos de sus almas dejadas en sus pinturas, materializados a partir de óleo y retazos de lienzo. De inmediato se incorporaron a la fiesta, les pasamos el vino y el queso, abrimos camino para que se acercaran al fuego, ellos nos regalaron la pintura e inmortalizaron esta fogata en un cuadro que quedaría para siempre en nuestras mentes y sólo temporalmente en la parada de autobuses bajo técnica de graffiti. Todos plenos, en esta fiesta nocturna e ígnea, bailaban y cantaban al ritmo de la guitarra gitana. Algunos vendedores ambulantes ya se habían acercado y ofrecían sus productos entre la gente.
Gemidos, aplausos, guitarras, risas, placer, amor y ebriedad, todo alrededor de la fogata que comenzó por ser colilla. Yo, ya un tanto borracho por el vino, intentaba hablar de algo con la gitana, pero no pude. La fiesta por el contrario seguía en su apogeo.
Poco después llegó el 50, Tomás y yo nos fuimos.
-------------------
No dejen de visitar el blog de Inmigrante-X (clic aquí)
V.N.
1
Lluvia constante
que rompe en la ventana
cuánta nostalgia
hoy siento de sus labios
bajo el canto del agua.
*El Tanka, es una estructura poética de origen japonés (S. XV). Consta de un verso de cinco sílabas, otro de siete, uno más de cinco y dos últimos de siete. Carece de título y de rimas.
Tradicionalmente, el poeta japonés encontraba inspiración en la naturaleza para escribir un Tanka: el árbol, el monte, el río, la flor, etc., eran la fuente de la que bebía la creatividad del poeta para expresar un sentimiento.
Yo estoy lejos de ser poeta, pero la lluvia de estos últimos días…
Dejo esta entrada a manera de simple ejercicio (uno no muy bien logrado ya que no pude evitar las rimas), y porque tengo muy descuidado el congal.
(Gracias por quitarme el bloqueo.)
Caza de Letras es un concurso literario en línea que se realizará del 11 de mayo al 6 de julio de 2007, en un formato similar a los reality shows televisivos, adaptado al lenguaje de Internet. El ganador recibirá 50,000.00 (CINCUENTA MIL PESOS 00/100, M.N.). Podrán participar escritores de 20 a 35 años, mexicanos o extranjeros residentes en México. Un comité dictaminador seleccionará a 12 escritores que convivirán durante 8 semanas a través de blogs integrados a este portal y trabajarán en línea con tres escritores anfitriones quienes, a manera de taller, les plantearán retos de escritura en distintos géneros literarios. El jurado estará conformado por estos anfitriones, que deberán nominar semanalmente a dos o más huéspedes, según el desempeño de cada uno, para salir del concurso. Con la misma periodicidad, uno o más de estos nominados será expulsado con base en la decisión del jurado y los votos de los lectores. El público tendrá así un papel importante en este concurso: podrá comentar a cada huésped su trabajo y podrá votar a favor de su concursante favorito e influir en el resultado de las eliminatorias.
Las inscripciones al concurso se han cerrado y por ahora un jurado para la primera etapa del concurso selecciona a los doce escritores que participarán en este virtuality.
Otro jurado, para la segunda etapa del concurso, es el que trabajará con los escritores seleccionados con el fin de designar a un ganador y estará integrado por Alberto Chimal, Álvaro Enrigue y Mónica Lavín.
Así que sin otra cosa que comentar, invito a los lectores y creadores del Burdel a seguir de cerca este concurso que seguramente será interesantísimo y a participar con sus comentarios en la página del concurso así como en los blogs de los concursantes. Próximamente daré los vínculos a estas páginas.
Por último, creo que este virtuality, además de ser interesante por la calidad de el jurado que coordinará el concurso y por el talento que seguramente tendrán los escritores participantes, sólo puede ser un éxito con el seguimiento y participación de los lectores vía sus comentarios y opiniones.
En fin, visiten los links que he puesto en esta entrada y estén pendientes de futura información.
Este fue Vicente Navarro para el Burdel News... mmmm... ¿regresamos al estudio? ¿No? Bueno ya me voy.
El Hombre del cabello rojizo
Lo conocí en una habitación oscura. Su espalda impedía ver el trabajo al que se dedicaba pero la ventana abierta frente a él arrojaba a mis ojos el universo. Sentado en un banco y con un caballete frente a él, los tonos ocres, rojos y naranjas del paisaje rogaban por incrustarse en su pincel. A sus costados se apilaban docenas de tubos gastados, pinceles rotos, lienzos inconclusos, manchas de óleo en el piso, un par de vasijas y un plato desgastado que con un poco de imaginación y aseo pudo haber albergado, alguna vez, algo comestible. Ignoro el tiempo transcurrido entre mi llegada y el momento en que me deslicé hacia las sombras del pasillo, sin embargo para entonces los tonos encendidos de la tarde habían dado paso a los azules y grisáceos de la noche. Caminé despacio hacía la habitación al fondo del pasillo donde había depositado mis anhelos y en cuya cama había desparramado la pasión y mis sueños. Me tendí emocionado sobre ellos y pasé la noche navegando entre sus versos. Era una noche mágica. Una noche que hubiera envidiado aquel sultán de tierras árabes y cuya interpretación sin duda sería un reto para cierto médico austriaco que por aquellos días soñaba aún con descifrar los sueños. Envuelto en las alas de la noche volé hasta el mismísimo corazón del Escorpión y cabalgué sobre Pegaso para liberar doncellas de sus cadenas; observé las luces del primer infierno y a Virgilio guiando a Dante entre sus filas; presencié la fragua de la tabla donde se deletreaba con toda precisión el nombre perdido de Dios y emprendí un largo paseo por el jardín de senderos de bifurcaciones infinitas. Al abrir los ojos, o cerrarlos, estaba en aquella cama. Mis emociones, antes dobladas en una esquina, se esparcían desparramadas por el cuarto y la vela de la razón, que había colocado a mi costado, yacía apagada y sin consumir entre las sábanas de sueños. Apenas reuní la duda suficiente, me levanté y salí de ahí. Por dentro era una casa vieja, una de esas casas que destilan historia entre sus tablas y que albergan en su techo la constelación del Tiempo. Tenía además la virtud de acompañar con sus crujidos a quien la habita y de retener en sus paredes la personalidad de sus visitas. Yo era una visita, un accidente en el transcurrir ilógico de aquel lugar. Mi presencia ahí era tan importante como inoportuna. Los días en ella transcurrían entre el culto a la imaginación, la sinrazón de los sentidos, el diálogo con las letras, la inocuidad del tiempo y la creación del Universo en lienzos.
Para entonces había descubierto que sus verdaderos habitantes, el hombre de cabello rojizo y el joven del sombrero de ala ancha, eran también visitas itinerantes entre esos muros. Su morada original estaba en los caminos, puentes y plazas de la villa, a donde acudían con prontitud al clarear el alba y de donde se despedían al caer las estrellas. Partían siempre con un caballete a cuestas y sus instrumentos afilados. Por las miradas ocasionales entre sus cuartos abiertos supe que aquellos hombres eran también demiurgos de un mundo nuevo, o quizá los encargados de dar una nueva cara al mundo estancado en la pretensión medida y simétrica de la perfección. El joven del sombrero dedicaba buena parte de su tiempo a infundir vida al camino de los muertos; el hombre de cabello rojizo se especializaba en secuestrar momentos, cosas y lugares que tras algunos días, a veces horas, acababan por adoptar plácidamente las dimensiones de la jaula donde los plasmaba. Para entonces ya sabía que algo especial había en él… ése hombre no utilizaba óleos en sus trazos, cada pincelada llevaba como esencia una mezcla entre la ambrosia que convierte lacayos en dioses y el soma de los Alfas de Huxley.
Fue en una noche de Diciembre cuando, al caminar frente a la puerta abierta de su habitación, el último resquicio de mi realidad se derrumbó. Una vieja cama de madera con sábanas rojas y acomodada junto a la pared, junto a unos cuantos cuadros y una pequeña mesa resguardada por un par de sillas maltrechas, servían de testigos de la creación de un mito inalcanzable en las estrellas. Aquella noche fría se iluminaba bajo los trazos esquizofrénicos y explosivos de ese hombre que transformaba un simple lienzo blanco en una maravilla indescriptible. A cada pincelada iba dejando una parte de sí mismo. Parecía inyectar su vida en los colores y hacer sufrir su razón al avance de la noche, y la mía con él. En algún momento donde lo único que parecía atarme a la humanidad era mi existencia misma, lo comprendí… ése hombre no estaba capturando una noche, estaba creando las estrellas que un griego milenario, mirando al cielo, había imaginado y asociado con el mito de la doncella encadenada. El cuadro era dominado por tonos azules y amarillos donde las estrellas parecían explosiones, como de las que se deriva el mundo mismo, y las nubes asemejaban nebulosas infinitas. Un ciprés del lado izquierdo remitía un poco de irrealidad al cuento y los techos de las casas de la villa recordaban la relación epistemológica entre el creador y sus caprichos. Un trueno de orígenes olímpicos sacudió la noche y sus sinsentidos. Fue entonces cuando su pincel cayó al suelo y volteando hacia el marco de la puerta me miró. En ese instante su vida pasó ante mis ojos. Su origen austero y la lápida de un hermano muerto con su nombre; su vocación con los mineros y su frustración por el rechazo de quienes respetaba; sus amores con una prostituta y la huída para refugiarse en los brazos de su hermano; lo supe todo. En un segundo el hombre había vuelto al génesis de las estrellas; sin embargo ese instante, congelado eternamente en mis recuerdos, fue suficiente para percatarme de la presencia de una banda en su cabeza. Parecía tener una herida — quizá producto de la cruenta batalla con su obra— pero al inspeccionarlo más de cerca, pude ver que en esa banda se descubría
A la mañana siguiente reuní mis cosas y resolví partir. Cuando pasé frente a su habitación él ya no estaba, tan sólo permanecía su obra terminada. Entré y me perdí en la contemplación de la noche engendrada. Tras algunos momentos, que bien podrían haber sido años, la tranquilidad que me embargaba se convirtió en un impulso irrefrenable. Mi mano se arrojó impetuosa hacia adelante. Se acercaba al infinito con vida propia, cada vez más cerca, más, hasta que en una explosión final, sumergiendo la mitad de mi brazo en aquella realidad etérea, tomé una de sus estrellas. Todo estaba terminado. Un fuego recorrió mis venas. La línea entre realidad y fantasía estaba rota. Coloqué aquel trozo de creación materializada bajo mi brazo, dí media vuelta y, abriendo las alas al viento, partí.
-¡Tengo sed!
Era lo último que escuchaba antes de despertar sudoroso y con la respiración entrecortada. Aquella noche esa frase retumbaba entre la noche como recuerdo de lo que había sido. Su poder se había ido, no quedaba nada. Lo único que podía adivinarse en medio de aquella recién formada tumba era el brillo de unos ojos que, exageradamente abiertos a causa de la angustia, rogaban ayuda.
…
Hasta ese día el ritual se había repetido puntualmente. Todos los días Tomás despertaba sofocado a las cinco cuarenta y cinco en la mañana. Ni un minuto más, ni un segundo menos. Los números rojos de su despertador lo atestiguaban. Con todo, Tomás no los odiaba. Había aprendido a convivir con ellos y alegrarse al verlos. Ese brillo rojo en medio de la oscuridad significaba que, por hoy, había logrado escapar. El sudor en su frente también era su amigo. La humedad acumulada era una prueba del esfuerzo realizado para escapar de sus sueños—malditos sueños—, por lo que cada noche, luego de su escape y siguiendo las formas del ritual, se llevaba la mano a la frente para cerciorarse de su realidad. Una vez ratificada su existencia, se levantaba de la cama y se dirigía al baño. El rostro con el que se topaba en el espejo había cambiado desde la primera vez…la mirada inocente del niño había dado paso al rostro juvenil, y éste, a su vez, había sido testigo del paso a su estado —decrepito— actual. Las grandes ojeras en el rostro hablaban del sufrimiento de ese hombre. Para Tomás, soñar era un martirio. Cada noche, desde que tenía memoria, era acechado por demonios en sus sueños, por lo que buscando evitarlos —a los demonios y a los sueños— había cultivado el hábito de los paseos nocturnos, lecturas desveladas y procurado la asistencia a cuanto grupo, lugar o evento congregara trasnochados. Pese a todo, era inútil. Más allá de unas cuantas noches en vela, que acababan siendo un calvario durante el día, Tomás terminaba dominado por Morfeo y, en más de una ocasión, en los lugares menos indicados.
Pasaba sus días buscando una cura. Lo que él quería era no dormir, negar la oportunidad a los demonios de presentarse y acosarle, escapar de su martirio. No había nada que pudiera hacer. Brujos, curas, psicólogos, médicos y amantes lo habían intentado sin conseguir nada. No entendían. Hierbas, pastillas, divanes y caricias habían pasado por él sin ayudarlo y sin darse cuenta que sus prescripciones condenaban a Tomás al infierno que tanto detestaba. Dormir: maldición infame, cruz a cuestas, río de muerte y desesperación. Sin importar dosis o remedio, como condenado a una eterna penitencia, Tomás dormía. Esa era su maldición.
Un día mientras escapaba de los brazos de sus perseguidores, Tomás cayó. En el suelo, rodeado por sus captores, horrorizado y sintiendo cercano el toque de la muerte balbuceó un par de palabras: Tengo sed. Dicho esto cerró los ojos y se entregó a su fin. Cuando los abrió de nuevo estaba desparramado en el suelo húmedo de un lugar oscuro… sudoroso, maloliente y agitado pero, lo más importante, vivo. Desde entonces, lo más cercano a un remedio para su mal eran esas dos palabras. Repetirse a sí mismo que tenía sed era lo único que lo ataba a la realidad y que le permitía escapar de su laberinto personal. Así, inició la confección de su ritual: llevarse la mano a la frente al despertar, no tomar más agua que la estrictamente necesaria —había conseguido subsistir con tan sólo un vaso de agua al día—, acudir constantemente al baño y mantener cerca de sí, en todo momento, una jarra —vacía, por supuesto— como símbolo de su anhelada redención y su constante sed. Sed por tener sed.
…
“Me costo trabajo despertar. Los demonios casi me alcanzan. Prometieron que vendrían a buscarme.”
Febrero 6
“Fin de semana. Logré pasar el día sin acabarme el vaso. Mi casera me preguntó si estaba bien: dice que se me ven grandes ojeras. Yo me veo normal”
Febrero 10
“El doctor dice que no puedo vivir así. Me recetó descanso y pastillas para dormir. ¡Tonto! No entiende nada. ¡Nadie entiende nada!...No puedo dormir, ¡no quiero! ”
“Pude ver sus dientes. Son grandes y afilados. Quiero que se vayan… ¿Qué hice?, ¿Por qué a mi? Voy a ser fuerte, tengo que serlo. Si no duermo no podrán salir.”
Febrero 2...
“No tengo a nadie. Quizá sería mejor aceptarlos y vivir con ellos... me duele, me duele mucho. Estuve a punto de hacerlo...¡No! ¡Resiste!...si no lo hago ellos vendrán!”
“Sed, sed… vienen por mí. Ya no puedo burlarlos mucho tiempo. No quiero dormir. ¡Malditos sueños!”
“¡Están aquí! ¿Cómo salieron? ¡Es imposible! Se acercan… ¡Dios! Son muchos. Me están rodeando. ¡Tengo Sed!, ¡tengo sed! Siguen avanzando…
-Despierta Tomás, ¡despierta!
-No, no estoy dormido…ellos están aquí.
-No, Tomás. No. No pueden estar aquí.
-Sí, salieron del sueño.
-No.
-¡No son un sueño! Puedo oler su aliento fétido sobre mí…
-¡Despierta ya! Vamos, Tomás. Deja ya ese lápiz. Vas a morir.
…
Cuando lo encontraron estaba casi en huesos; con los ojos muy abiertos y aferrando un lápiz en su mano daba un toque desgarrador a la habitación. La cama destendida, la basura almacenada, el baño desbordado, inmundicia y la ropa sucia…todo sugería que aquel sitio había sido el único que aquel hombre había visto en mucho tiempo. La casera dijo haberlo visto por última vez hace más de un mes, cuando le pagó la última renta. En ese entonces se veía flaco y paliducho pero era un hombre. Lo que estaba en el piso del apartamento había dejado de serlo, era otra cosa. Nunca había sido un hombre parlanchín —quizá nunca había sido un hombre— por eso, cuando la casera dejó de verlo se limitó a introducir las cuentas por debajo de la puerta. Cuando abrieron el apartamento cuentas y recibos seguían ahí, mojadas y en el piso, formando parte del asqueroso tapete de desechos húmedos que tapizaba aquel lugar. Encontraron rotas las llaves del baño, las paredes enmohecidas, una jarra de agua—llena, naturalmente— y un olor pestilente acentuado por la humedad de aquel lugar. Encontraron también una libreta junto a él. Al abrirla un papel se precipitó al vacío. Era la receta de un doctor, le ordenaba descanso y muchos líquidos. El diagnostico: deshidratación. Al volver los ojos a la libreta notaron que era su diario. Allí, con grafías ansiosas y desdibujadas, se podían leer sus últimas palabras:
- “ Tengo sed”
Leo Cerezo